miércoles, 5 de septiembre de 2018

Silbato


En el principio, una talquera redonda, un pompón, mi piel.
Después, una vereda y un guardapolvo blanco.
Cuando desperté, el mundo fue un murallón y un hueco abierto a puñetazos.
En estos días, el mundo es esta tarde y este vaso tranpirando agua.
Pero siempre, antes o después, el mundo es un silbato. 
Espada del verano.
Apuñalando la siesta. 
Cruzando señoras, batones, ruleros, escobas.  
Sin pena ni gloria ni dueño.
Afilador cuando tenía 7 años y compraba el pan con monedas.
Helado de crema y chocolate cuando nos escondíamos de las balas del Regimiento 7.
Un silbato asesino.
Un silbato carnaval inflando los cachetes de Kiara esta tarde, cruzando este calor.




jueves, 16 de agosto de 2018

POSTRE UCRANIANO

Un pasaje. 
Ocho huevos recogidos por Natasha. 
Una taza de azúcar. 
Leche recién ordeñada. 
Un billete de un dólar en una carta de 1950. 
Un pincel de plumas para pintar los nalesnikes con manteca. Uno por uno.
Dos tazas de mañana bien temprano. 
Una tía, sus disgustos y sus indicaciones. 
Tiempo detenido. Tiempo repetido. 
Un fuego lento, lentísimo, que derrita la manteca, el dólar, las indicaciones.
Una mesa y su hule de plástico y margaritas.

Unos vasos pequeños de cristal limpio, para servir con vodka, sin atenuantes.


Un pasaje
Después de los 40 años miramos desesperadamente hacia atrás.
J. Cortázar

Era un viaje por el oscuro país del calor de la estufa.
W. Benjamin


Tengo que iniciar el viaje en esta estación. Un invierno que apenas recuerdo. Comprar mi boleto cuando los coquitos de eucaliptos desprenden sus vapores sobre la estufa a kerosene y mamá llegando. Después de los 40 años, todo viaje es hacia atrás.

La estufa está cerca del teléfono, donde mamá pasa largas horas hablando en ucraniano con su madre en Berisso. El papel amarillento que dice Voronchin está siempre allí, en esa mesa del teléfono, en el cajón que asoma debajo de la carpeta de crochet blanca.  Está escrito con su letra redonda, como recién salido de un cuaderno de caligrafía. Allí dice Lena, su nombre es lo único que tuve de mi tía por mucho tiempo.

Mamá discute con la baba sobre el viaje de mi abuelo. 1972 levanta su muralla de guerra fría y el abuelo está decidido a traspasarla. Ella teje bufandas y medias afiebradas, dispuesta a acabar con todo el frío de Siberia. Lo que planean o discuten es para mí tan lejano como el eucaliptus del que alguien recogió estos coquitos, en Brandsen o Chascomús. En este invierno de 1972 todo es perfume. Recuerdo el humo de una fogata de domingo, la botella de kerosene en la espalda de la estufa que apenas calienta baldosas cercanas, ese vapor narcotizante y conocido que un día me abandonó.  

El pasaje que me llevó a la baba, a mi abuelo, a mamá y a Lena, tardó cincuenta años en llegar.

(Las bufandas y las medias quedaron en la aduana. No llegaron. Llegaron las medias y bufandas que pasaron del cuerpo de mi abuelo a los cuerpos lejanos. Mi abuelo omitió las aduanas de Lenin, claro. Ya le pondré palabras a este entuerto de 50 años. Mama tejiendo siempre, para todos, a dos agujas, con la Knitax, con nosotras alrededor, y una frontera que no podía traspasar).

Ocho huevos recogidos por Natasha
Natasha es la hija de Ruslana, que cuida a Lena. Tiene cinco años y la muñeca que acabo de regalarle está entre sus brazos. Ella me mira, me huele, soy una tierra extraña. Todo lo que desconoce del mundo está parado frente a ella y soy yo. Los leños que crepitan en el pitch supuran una resina que no conozco. La chiquita me alcanza los huevos que Lena necesita para los nalesnikes. Mientras la tía bate la leche con los huevos, Natasha asoma su nariz sobre la mesa y se queda como yo, quieta, aprendiendo lo que siempre será. Las yemas son anaranjadas, entonces recuerdo el cajón de madera que llegaba del mercadito y los huevos manchados de caca de gallina, las yemas casi rojas, redondas, pequeñas. Este silencio y este naranja chillón mezclándose en espiral con la leche se parecen a aquella cocina de mamá preparando panqueques de dulce de leche, pero aquí la dulzura es blanca. Lo tostado se quedó en América.
Natasha decide seguirme a cada rincón y recorre conmigo todos aquellos días. Toda la aldea. Unas semanas después, nos despedimos como si yo regresara enseguida, pero no la vi mas. 
Ya debe rondar los diez años, y su padre acaba de pegarse un tiro.
Quisiera escribirle en el idioma que nunca fue inventado.

Billete de un dólar
Mi abuelo tenía una idea del dinero que nunca pude refutarle. El dinero era la cosa más bella del mundo. Se podía morder, tocar, pesar, mandar en cartas. Esa burla a la estafeta postal lo divertía muchísimo, allí la KGB no llegaba y los policías de este continente tampoco.

Cuando mandaba cartas a la aldea, especialmente cuando le escribía a Lena, ponía billetes dentro de la carta, envolviéndolos cuidadosamente. Era una ceremonia lenta. La conocí en sus últimos años, ahora sé que la repetía cada mes desde que había llegado.

Cuando me encontré con su billete escondido en una carta de 1950, caí bajo el peso de todos los billetes del mundo. Ese billete era un sagrado misterio, una memoria, y así se lo conservaba. Una alcancía invisible de días de guerras y alucinaciones estallaba frente a mí. La seguridad de mis mayores rota en mil pedazos, un pobre papel.

Mamá decía que había vendido las bufandas y las medias. Ahora lo sé. Usó su fama de amante del dinero para salvar a Lenin. Lloré despacio. No supe explicar que por qué el billete era un rayo partiéndome los huesos, el rostro del amor mismo. Volveré sobre estos pasos.


Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos. Julio Cortázar



sábado, 28 de julio de 2018

Peces y humedades

El pez no se sabe húmedo ni mojado. Él es y existe mojado.
De qué estaremos humedecidos nosotros, de qué estaremos mojados.
Qué es lo que no sabemos.
Qué vida nos estamos perdiendo.
Qué respuesta a todas las preguntas nos rodea, inalcanzable.







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martes, 17 de julio de 2018

El polvo de las tizas


Aprendí a escribir cuando elegí, finalmente, dónde hacerlo. Elegí 1982, el año de la derrota. Y un aula pintada de celeste brillante, a prueba de manchas, con rejas en las ventanas que asomaban a un patio y un mástil y una calle. Me paré frente al pizarrón con una tiza blanca. Escribí mi nombre. Me gustan las tizas nuevas, enteras, sobre pizarrones negros recién pintados. 1982 estaba lleno de esos pizarrones. 1983 los dejó de usar, prefirió los de fórmica. Todavía conservo el borrador de franela azul relleno de lana de aquellos días. Lo prefería a los borradores de madera que caían estrepitosamente dejando huellas blancas y rectangulares De esos borradores tampoco quedan tantos, porque los pizarrones se están extinguiendo.

En las aulas que habito los sábados a la mañana quedan algunos. Limpio la madera despaciosamente, como entonces, mientras llega un puñado de estudiantes y se enciende el sonido metálico de las envolturas de caramelo. Por la ventana se desploma el cielo de Lanús, se quiebra la tiza con la que escribo y flota ese polvillo seco, sediento, imposible. Me rodea entonces una bruma conocida, girando en espiral. El vértice me señala la hondura del pizarrón, la madriguera del conejo, entonces ese aula es aquella más pequeña de la escuela 27, en Berazategui, con osos de cartulina, cuadernos apilados y ese olor a sangre y frigorífico.

De pronto, un avión a chorro traza una línea perfecta e inmóvil y entonces los chicos se suben sobre las sillas metálicas, trepan a las mesas, porque un avión es un avión y una guerra es una guerra. Soy maestra de ese polvo que cae sobre mi cabeza como la nieve caerá algún día, muchos años después, imperceptible lluvia de cal mojando el guardapolvo y las vacilaciones. Los mejores días escribo con tizas amarillas y rosas. Remarco las letras con pulso de dibujante y los chicos copian ese trazo recostadas las cabezas sobre el brazo. Me pregunto cómo pueden escribir así. Escribo mi nombre y el de ellos, el día de la semana y Las Malvinas Son Argentinas. El olor a lápiz y a Cristian hoy tampoco vino, señorita. Me detengo un instante frente al avión a chorro. Imagino ese viaje. Enseguida vuelvo a los cuadernos y escribo excelente felicitaciones porque eso lo puedo regalar y lo regalo. Abro el registro y digo Cristian ausente. Tres puntos suspensivos, dicto, y se deslizan las lapiceras. Nadie habla.

Voy a la sala donde Elena nos vende Avon. Ninguna maestra sabe. Ninguna quiere saber. Escribo con mis zapatillas el camino a la casa de Cristian. Me siguen cuatro o cinco chicos con ocho versiones de la novela. Que la mamá se fue cuando tuvo al tercero. Que se llevó sus cosas. Que el papá es un hijo de puta. Que la abuela que es la mamá del papá los odia y los rajó a la mierda. Golpeo mis palmas y escribo buen día y sale la abuela y sospecha y se defiende y se limpia las manos en el delantal también escrito, todo escrito. La maestra ahí parada no es buena señal. Se fueron, me dice, escribe. Una gallina sobre el horno de barro levanta la cabeza, telescopio atento y calibrado. Ustedes, los guardapolvos, no son de aquí. Entonces nos vamos. Se cierra la puerta de alambre tejido. Cruzamos la zanja y me invade ese olor a 1982.

Cristian y Lidia y los dos bebés están, en ese momento, en Retiro. Lidia sube sus dos bolsos y sus dos bebés al tren y arrastra a Cristian del brazo, y Cristian no sabe dónde queda Misiones y el tren lo llevará tan lejos que prefiere saltar y quedarse y Lidia grita y el tren arranca. Así que Cristian vuelve. Lo veo llegar y buscar su banco pero no trae útiles ni guardapolvo y su ropa está tan sucia que nadie se atreve a mirarlo. Nadie habla, nadie escribe. Que pasó, Cristian. Nada, señorita. Escribo con las manos una cama tendida en el suelo de mi casa, escribo ropa prestada y agua caliente  para que se bañe y cuente. Cristian cuenta. Escribe.

La escuela se quedó ese día y para siempre sin tizas. Yo también me bajé del tren, porque lo que escribíamos allí no lo salvaba a Cristian de nada. Esa noche inventé una sopa de papas y zanahoria. Recorrí un camino de liendres, las fui matando una a una en la cabeza de Cristian y en la mía. La uña apretada contra el cráneo, la pequeña explosión, hay que escribir todo de nuevo, pensé, pero tengo que inventar las letras, los acentos, los renglones. Nada es como me dijeron. Nada.

Nunca más me puse un guardapolvo. Busqué el avión de aquella ventana al cielo y escribí un trámite. Lo logré, finalmente. Me dieron dos pasajes gracias a que 1983 no preguntaba todavía sobre menores que volaban sin padres. Busqué un barrio en Posadas cerca de un río. Una hora después, Lidia abrazaba a Cristian. La sopa de mandioca y zapallo me resultó demasiado dulce, pero agradecí la fiesta.

En el pizarrón de este siglo, escribo mi nombre y el día. Bajo un polvillo conocido se asoma el conejo. Me guiña un ojo y me llama a su túnel, entonces cae la piel y la placenta, escribo Cristian y conozco el mundo.





sábado, 14 de julio de 2018

PROYECTO PARAISO

Quiero un paraíso sin infiernos
pero con alguna quebradura.

Con ramas cargadas de fruta hasta romperse
a las que haya que oponer sostenes.
Que pueda revivir quien exagere.

Quiero un cielo de pesados nubarrones
un paisaje que no despierte elogios.
Quiero leer los libros que la astucia
siga robando a los saldos de Corrientes.

Que se seque la flor en los jarrones
/así es más imponente la hermosura/
Dudar sin temor ni obligaciones
del dios que me retiene y me perdura.

Quiero estirar la mano y encontrar
la frazada que me cubra
/que la distancia a la tibieza/
/sea sólo la de un brazo/

Sufrir con ganas y sin explicaciones
los amores de Andreíta por la tele.
Que esa sea la única medida
de todo lo que duela: una fisura, una grieta, una hendidura.
El otro dolor sí, será la tierra.

Un pibe insultando por teléfono
apellidos robados a las guías.

Un salado maní y un vino de primera
para todos los borrachos que acompañen
la fiesta eterna.

Saltar sin temor a los andenes
desde trenes que irán a las ciudades.
Eso sí: sin arrancar carteras
porque habrá en cada bolsillo
un fajo de billetes infinito inacabable.
Un salto porque sí. A salvo de fracturas.
El riesgo será sólo un rasguño.

Hacer amores de cualquier manera
sin edades en las que no se pueda.

Será la fiesta de todos los vencidos.
Será aquello que fue y no lo pudimos.
El diablo meterá su cola y dios simulará no haberlo visto.

Espiar todas y cada cerradura.
Dormir sin relojes y sin culpa.
Todo esto, con vos, yo lo edenizo.

Y si no es así como yo digo
y si para equivocarse no hay permiso
y si ni siquiera entonces elegimos
habrá que inaugurar un paraíso.

City Bell, 1993.

sábado, 30 de junio de 2018

Lena junto a una silla vacía






MUERTOS Y VIVOS

Estoy en la aldea de Voronchin, en Volinia, una cierta nación ucraniana. Estoy parada frente a una fotografía que cae desde la pared. Allá los cuadros cuelgan casi a la altura del techo, muy inclinados hacia abajo para poder verlos. Un cristo y una virgen también miran desde esa posición, rodeados de un rushnik de lino bordado en punto cruz, rojo, negro, blanco, negro, formando rosas perfectas. Los bordados también rodean las fotos de los muertos, la tela cayendo sobre una repisa con flores de plástico. La foto recuerda juventudes o el último instante, a veces el más último de los últimos instantes, porque si no hubo tiempo de fotografiar en vida a una persona allí está igual, los ojos apagados pero abiertos, en la foto que le sacará el funebrero antes de recostarlo en el féretro.

Siempre esos cuadros, en el recibidor y en el salón donde se toma vodka y se come arenque con las visitas. Hay un cuadro, en todas las casas, que reúne las fotos familiares sacadas desde la primera vez que una cámara volcó luces y sombras en un papel. Daguerrotipos apenas legibles junto a fotos Kodak. Un desfile de niños, acordeones, soldados, novias aferradas a sus ramilletes, antes o después de irse. Así se presentan los habitantes de la casa. La muerte es un detalle.



                                    ALGUIEN TIENE QUE PEDIR PERDÓN



Estoy parada frente a esta cartografía en la última casa de la última calle de la última aldea de Volinia. Lena permanece inmóvil a mi lado y también está bajo un árbol que se secó en blanco y negro, patos y charcos para siempre blancos, para siempre negros, detenidos en ese momento en que Lena elige posar parada al lado de una silla vacía, mirando al fotógrafo de la aldea que le indica que retenga la respiración, quieta, quieta, así, sus brazos batiéndose como alas en los laterales del trapo negro que lo cubre. Entonces Lena se aferra con cada dedo al respaldo de la silla para que no se mueva, para que mire atentamente al fotógrafo como ella, que esta allí, parada, posando para ser recordada joven, bella, sola.

Nos hemos conocido recién. Hemos corroborado que ella es Lena, mi tía, de la que tenía una vaga noticia. Hemos confirmado que yo soy la hija de Eugenia, hermana menor de Lena yéndose en 1939 a América. Ahora Lena puede decir: 1939. Ahora puede decir: América. En 1939 apenas podía correr detrás de un carro gritando que la llevaran a ella también.

Estoy al lado de Lena mirando a Lena. Quisiera preguntarle por qué me tortura con esa imagen, por qué seguimos paradas allí. Su madre no está y no estaba entonces. Su padre tampoco está, se aleja sentado en el pescante de un carro y lo último que ve es su espalda y su cuello porque su cabeza está hundida en su tragedia. "Papá se fue llevando a su nueva mujer y a su nueva hija". También se lleva un rollo de billetes envueltos en un pañuelo y una promesa de volver a buscarla. Extraña manera de volver la de mi abuelo Nikifor, su papá (¿al  abuelo le decían papá?). Aquí estoy, Lena, hemos vuelto. Estoy parada frente a ella cargando mis muertos y mis vivos en la valija. Aún me aferro a ella, a lo único que conozco, porque no he traspasado el recibidor.

Lena acomoda su cabello bajo el pañuelo y también me mira fijamente en blanco y negro. Estoy llorando amargamente y Lena murmura "No te preocupes, ya pasó" pero no me dice "no es necesario llorar, vos no tenés la culpa". Esteban, que nos traduce a duras penas, le ofrece las frases que debería decir. Pero las palabras vencen: Lena me dice que la hemos dejado sola. Lena me sumerge en un abandono desgarrador porque alguien, alguna vez, yo, hoy, aquí, en esta eternidad, le tiene que pedir perdón, le tengo que pedir perdón. Creo que podría arrodillarme, estoy a punto de arrodillarme. "Ya pasó" me consuela. "Fue hace tanto tiempo. Todos me han querido, he sido una buena mujer."






FOTOMONTAJE



Cuando el perdón fue pedido en todos los idiomas y en todos los continentes, recién entonces, me señala la foto pegada a la derecha de la foto de Lena junto una silla vacía. Me acerco porque las luces y el hipo y la valija no me dejan ver bien. Mi mamá. Mi otra tía, Vera. Mi abuela Ana. Mi abuelo Nikifor, jóvenes y elegantes posando en el mejor estudio de fotografía de Berisso. La mirada solemne, las cinturas fértiles. Reconozco esas melenas cortas y cuidadas, esos vestidos recién estrenados copiados en una pieza de conventillo porque así los luce Ingrid mientras doblan las campanas. "Son ellos, mi familia, mi mamá" murmuro como si Lena no supiera. La foto le ha llegado hace tantos años. La ha repasado tantas veces. La ha odiado. La ha amado. La ha pegado junto a la foto que sacó, por la misma época, en el jardín de su rabia.


UNA CANCIÓN DE AMOR


¿Cuánto tiempo estuvimos paradas ahí? ¿Cuando fue que me liberaron de la valija, me sacudieron la nieve? Pasamos al comedor y Eugenio nos recibe con una canción de amor. Lena ha pasado hace tiempo la barrera de los 80, Yeñik apenas los tiene. Allí está el pastor que perseguía cada tarde, tan pequeño en sus quince años, a una mujer casada de 20, mientras toda la aldea hablaba del escándalo. El padre de Eugenio lo manda a casa de su hermana. Tenemos que enamorarlo, este chiquillo enloqueció. Le presentan las trenzas más bellas del mundo pero el pastor sigue cantando a la mujer casada, el pastor entonces es llevado a un cuartel para que se convierta en soldado pero al salir le pide a Lena que deje a su marido y se vaya con él a la extrañeza de los soviets. Lena prefiere los rumores a los golpes, escapa con el soldado y conoce el mar de Crimea. Juntos ven crecer y desfallecer un nuevo orden. Está anocheciendo. Las canciones los abrigan de una sobrina que les ha caído, literalmente, del cielo.





BUSCAR EL AGUA

Al amanecer, voy a buscar agua al aljibe y me recibe una nieve de llanura que no conozco. Esponjosa y amable, se derrite al sol como yo. La planicie barrosa que habito se parece tanto a Volinia. Esteban me ayuda a traducir una canción de la primer noche que pasamos juntas.El mismo trigo, las mismas imperceptibles ondulaciones.

Волинський краю дорогий
Для мене був колискою
Озер блакить і шум лісів
Для мене став  ти піснею. 

Волинь моя,краса моя,
Земля моя сонячна.

Шумлять,колишуться хліба,
Мов хвиля в морі грається,
Моя заквітчена земля
До сонця усміхається.

Волинь моя,краса моя,
Земля моя сонячна.

Де ще знайти таку красу?
Мов в казці намальовану,
Мов нерозплетену косу,
До серця причаровану.

Волинь моя,краса моя,
Земля моя сонячна.


Volyñ mi querida nación,
Sos mi cuna y lo serás siempre, 
Sos una canción que guardo en mi,
Lagos y bosques, tu dulzura.
 
Mi bella Volyñ
Nuestra tierra llena de sol.

El murmullo del trigal
Como olas en el mar,
Esta querida tierra florecida
Regala al sol su gran sonrisa.

Mi bella Volyñ
Nuestra tierra llena de sol.

¿Dónde encontrar una hermosura así?
Como un dibujo fantástico
Como una trenza desatada
Se ha quedado en mi alma.

Mi bella Volyñ
Nuestra tierra llena de sol.

La quimera nacional es la misma. Esa elegancia de las espigas en nuestros versos, en nuestras banderas. Las hemos dibujado tantas veces, el lápiz tomado muy abajo remarcando cada grano.Yo, que ayer pedí perdón de rodillas (¿me arrodillé frente a una anciana que es mi tía? ¿Dicen las letras cirílicas, esas arañas sobre papeles viejos, que Lena es mi tía?¿estás segura, mamá?), yo también habito una nación orgullosa de trigales. La soja, esa voracidad de agua, vino después, pero los himnos ya estaban escritos, las banderas levantadas. Nada sucede como nos cuentan los libros de lectura pero no sé como explicarlo parada aquí, al borde de un pozo igual al que me asomé en Brandsen para asustar y asustarme, aquí, suspendida, esperando que el balde llegue al espejo y recoja el agua con el que me lavaré el pelo de alguna manera.





COCINA DE CAL Y LEÑA

Entro a una cocina de cal y leña igual a aquella donde calmaron mi susto después de inclinarme peligrosamente en un aljibe pampeano. Desayuno leche recién ordeñada en una habitación donde nadie conoce a Evita, al Che, a Perón. Es tan curioso, tan improbable. Aquí las discusiones se encienden con Merkel o Putin, vuelan chispas cuando alguien recuerda a Stalin. El aire se tensa como una cuerda mientras sirven un jugo de guindas que tiñe de rojo el mantel, las servilletas, las conversaciones. "Cuando papá se estaba por ir, mi abuela me dejó pasar muchas horas con él". Conozco ese mantel de hule. Las canastas de fruta sobre un cuadriculado azul. El ruido sordo de la madera y las tazas de lata, chocando. "Unos días antes que ustedes se fueran, vino su hermano y trajo dulces." Ustedes, me dice. No soy mi mamá, Lena. "El tío nos dio dulces a las dos. Y papá, furioso, te quitó los que tenías en las manos y me los dio todos a mí."

No voy a pedir ese perdón esta vez. No lo voy a pedir.



SIETE VUELTAS



Más tarde, bajo un sol frío y desconocido, viajamos campo traviesa en un Lada destartalado. Estamos yendo a misa con tíos y primas que me han brotado como un zarpullido. Quisiera decir que Volyñ moia es una canción de rimas tontas. Que las mujeres ya no usamos pañuelos de flores, si alguna vez los usamos. Que no vamos a misa. Que, si vamos, a la media hora regresamos a nuestra computadora o al fastidio del supermercado y la carne picada. Pero elijo no decir nada y Esteban les comenta "ella es así, habla poco" o algo que suena parecido y me protege.


Llegamos a una iglesia que, estoy segura, he visto antes (¿en la República de los Niños, en los cuentos de hadas?), conozco esa madera azul y esa cúpula dorada, esa irrealidad. Mi pelo se seca durante tres infinitas horas de plegarias y cuadros inclinando el techo sobre nuestras cabezas. Siete vueltas del sacerdote con el bebé en brazos alrededor del altar si bautizamos un niño. Siete vueltas del sacerdote y el bebé esperando en el suelo, si bautizamos una niña.

A la salida, me hacen hablar para reírse del sonido de las vocales. Es el mediodía y me han perdonado. Ahora podemos llenar ese océano que va desde el verano de 1939 a este invierno de 2013. Voces bajas. Primac. Novit Vir. Palabras que se susurran, como Stalin o Hitler.

Mi abuelo es un primac, alguien que vive de prestado en la tierra de otros, me explican y entiendo. Cuando su mujer muere de puro parto, Nikifor debe irse del único hogar que conoce. Su hija Lena debe quedarse: ella le asegura al linaje materno la propiedad de la tierra. Su hija es su hija pero antes es hija del clan de su madre. El amor de Nikifor engendró ese infierno, qué derechos pueden asistirlo. Entonces el joven que bailaba sin preocupaciones se desploma como un gato herido. Lo reciben en la jata de su amigo Grilko, desde donde puede ver crecer a Lena. Pero Grilko es llamado por el ejército y parte a Novit Vir. Cuando las bombas alemanas destrozan Novit Vir y su campo de reclutamiento y cuando vuelan por los aires los jóvenes que esperaban despreocupadamente y cuando mi abuelo Nikifor, 20 años largos, va a buscar a su amigo Grilko y recoge sus pedazos, la verdad se revela sin demasiadas vueltas: hay que huir.

Nikifor prepara su partida. Colma de dulces a su pequeña Lena y se va con Ana, hermana de Grilko, y con Yeña, su nueva niña. Volinia, bella como una trenza desatada, es testigo del desgarro. Lena grita su pesadilla y su abuela le anuncia la maldad del mundo. La envuelve en su abrazo explicándole que es mejor ese dolor que cruzar el océano y sus monstruos. Lena no sabe lo que es un oceáno, pero sabe lo que es un monstruo. Lena me explica que Ana, mi abuela, fue una mujer descuidada. "En Brasil murió su segundo hijo porque lo dejó caer de su regazo". Trato de corregir la versión, le hablo de la selva y la neumonía inesperada pero no puedo demostrar lo que digo y Lena se aferra a la escena que la mantuvo viva. Unos años después de aquel barco que no podía imaginar, Lena prepara la foto. Ya no está su abuela, es una huérfana errante y, de algún modo, una mujer libre. Las familias de su aldea la han acogido y ella se fotografía, cuando sabe cómo hacerlo, tal como vive.

NOVIT VIR

Volvemos de misa para almorzar remolachas hervidas y barenikes. Una ricota dulce y tibia que se mezcla en mi boca con el agua guindada. Yo no estoy aquí, nunca estuve aquí. Mis primos y Lena preparan ahora la excursión a Novit Vir, no quiero ir, es una historia descuartizada, les digo o me digo porque le pido a Esteban que no me traduzca.

Recorremos el camino de los años espiga por espiga. Las guindas se han vuelto licor. A nadie le importa una herida política que traigo en el orgullo, un barrio donde fui maestra y remonté barriletes, mis operaciones o la salud de mi madre. Me interrumpen porque no les importa o porque ya es hora de ir a Novit Vir. Hay una familia más allá de Europa, comento, pero ya están organizando quienes irán en el Lada y quienes irán recostados sobre el heno del vis. Elijo el carro, soy la visita y me hacen ir junto al conductor, ese silbido lo conozco, lo he escuchado en Brandsen, quiero comentarlo pero Esteban no está cerca para traducirlo. Me ato el pañuelo al mentón a la manera de ellas, y allá vamos, todo se esfuma, todo es Volinia ahora.



















Aquí encontraron su cabeza, aquí su brazo. Aquí, Nikifor decidió irse. Aquí Hitler, aquí Stalin, aquí una revolución, una guerra, un soldado niño. Me lo explican haciendo con sus manos montículos de nieve. Aquí fue donde lo encontraron, aquí fue. El regreso está mojonado de cementerios, los rushnik sobre las cruces y otra vez las fotos pero esta vez como cerámicas en cada sepulcro. En la Argentina ya no vamos a  los cementerios, nadie me escucha. Nadie. Aquí, la tumba de Grilko. Acomodamos sus pedazos y lo vestimos con su uniforme, me explican. Hitler, susurran. Stalin responde un tío o una prima y una guerra sorda y presente y viva se desata en las afueras de Voronchin.





Vuelvo a la casa cargando nuevos muertos. Me recibe la silla vacía de Lena. Me siento en ella, mi cuerpo la llena completamente. Lena me despierta para cepillar mi pelo. El de ella ya está preparado. Es de noche y el cabello de las mujeres debe cepillarse, hebra por hebra.

























viernes, 15 de junio de 2018

SOLDADO



El Ejército rojo se prepara, Pedro. Los fusiles de asalto y los tanques están listos. Han dejado atrás las murallas del Kremlin, han cruzado la plaza Roja y vienen, ya vienen, armados de vituallas y viejas canciones. “Difícil es llegar hasta ti, y la muerte está a cuatro pasos” cantaban entonces y cantan ahora para no rendirse al sueño y a los presagios de los cuervos. 

Los carros de asalto y los submarinos. Los ejércitos de enfermeras y aviadores. Ya vienen. Verás a los veteranos apretar contra su pecho los fusiles Kaláshnikov, desfilarán el misil hipersónico y el de propulsión nuclear. Ya vienen, están cerca.



Ya están apostados los tiradores en las esquinas del hospital. Asomate a la ventana, Pedro, para ver el destello de sus miras telescópicas. Sobre aquella terraza, los mejores apuntan a tus verdugos. Vienen a liberarte. Ya vienen.

Tomarán la guardia, requisarán estetoscopios y pinzas quirúrgicas, gemidos y heridas menores, secuestrarán todas las rutinas de la ciudad Estado. Avanzarán por los pasillos, subirán las escaleras, tomarán los tres pisos. Está todo previsto: en unas horas reducirán a médicos y enfermos, cortarán la luz y los teléfonos.

Llegarán, claro que llegarán. Desconectarán los electrodos y los sueros, los cables que cronometran tu sístole y tú diástole. El Ejército te camuflará entre las sábanas y nadie lo notará. Serás un fantasma cruzando los pasillos. Ellos traen cigarrillos escondidos en su uniforme, cómo podrían olvidarse, les he encargado cientos de ellos.

Dicen que al frente del ejército viene Vladimir Ullianov. Dicen que pidió sus medallas y su mejor uniforme. Hablemos bajito, Pedro,que ellos no se enteren. Ya le avisé a nuestros soldados que la CIA tomó la Unidad Coronaria. Ya les dije como patrullan por turnos tus sueños y respiraciones. Ya vienen, Pedro, a liberarte. De los desfribiliadores y los catéteres, del monitor, del oxígeno y su máscara, del conteo impúdico de tus pulsaciones. 

Ya se acercan, Pedro, a acariciar tu tráquea herida, tu laringe sin voz, tus válvulas cansadas, a afeitar tu barba, a limpiar sin muecas tus secreciones. Te llevarán a la tarde de sol en que conociste a Vera, al puente de la Génova, al río y sus flores de petróleo. Los barriletes que remontaste cada tarde esperan en el aire de Berisso, temblando. 

Todo está previsto. La victoria reclama sus celebraciones. El mantel sobre la arena, el acordeón de Petia, el arte mayor de los hijos de Rusia. Los barcos bajarán sus escotillas, quién puede dudarlo. Vendrán el poeta y el novelista, y dicen que el Che será de la partida. El comandante ha visto la hoz y el martillo de aquella madrugadaNadie dibuja la revolución como él, dijo. Será una bienvenida con honores, no le huyas a esa sobremesa. 








En la hora de la siesta, comenzarán las controversias. Alguien bajará la voz para recordar tus días oscuros, pero no te preocupes, Pedro, el comandante los ha perdonado uno a uno. Retomaremos el vino y las canciones, recorriendo sin apuro el ecuador de una sandía. Cantaremos hasta caer rendidos a nuestros párpados, y sobre esa piel iluminada se dibujará Audrey desayunando en Tiffany's.

Cuando anochezca, el Ejército regresará a su Kremlim. Agitaremos banderas, cantaremos el triunfo de los camaradas. No intentes retenerlos, Pedro, la postal es tan bella: los fusiles al hombro, las espaldas fuertes, alejándose. Una vieja canción, después la nieve. Y un destello de lo que alguna vez fuimos encendiéndose en la vigilia del mejor soldado.