sábado, 14 de julio de 2018

PROYECTO PARAISO

Quiero un paraíso sin infiernos
pero con alguna quebradura.

Con ramas cargadas de fruta hasta romperse
a las que haya que oponer sostenes.
Que pueda revivir quien exagere.

Quiero un cielo de pesados nubarrones
un paisaje que no despierte elogios.
Quiero leer los libros que la astucia
siga robando a los saldos de Corrientes.

Que se seque la flor en los jarrones
/así es más imponente la hermosura/
Dudar sin temor ni obligaciones
del dios que me retiene y me perdura.

Quiero estirar la mano y encontrar
la frazada que me cubra
/que la distancia a la tibieza/
/sea sólo la de un brazo/

Sufrir con ganas y sin explicaciones
los amores de Andreíta por la tele.
Que esa sea la única medida
de todo lo que duela: una fisura, una grieta, una hendidura.
El otro dolor sí, será la tierra.

Un pibe insultando por teléfono
apellidos robados a las guías.

Un salado maní y un vino de primera
para todos los borrachos que acompañen
la fiesta eterna.

Saltar sin temor a los andenes
desde trenes que irán a las ciudades.
Eso sí: sin arrancar carteras
porque habrá en cada bolsillo
un fajo de billetes infinito inacabable.
Un salto porque sí. A salvo de fracturas.
El riesgo será sólo un rasguño.

Hacer amores de cualquier manera
sin edades en las que no se pueda.

Será la fiesta de todos los vencidos.
Será aquello que fue y no lo pudimos.
El diablo meterá su cola y dios simulará no haberlo visto.

Espiar todas y cada cerradura.
Dormir sin relojes y sin culpa.
Todo esto, con vos, yo lo edenizo.

Y si no es así como yo digo
y si para equivocarse no hay permiso
y si ni siquiera entonces elegimos
habrá que inaugurar un paraíso.

City Bell, 1993.

sábado, 30 de junio de 2018

Lena junto a una silla vacía






MUERTOS Y VIVOS

Estoy en la aldea de Voronchin, en Volinia, una cierta nación ucraniana. Estoy parada frente a una fotografía que cae desde la pared. Allá los cuadros cuelgan casi a la altura del techo, muy inclinados hacia abajo para poder verlos. Un cristo y una virgen también miran desde esa posición, rodeados de un rushnik de lino bordado en punto cruz, rojo, negro, blanco, negro, formando rosas perfectas. Los bordados también rodean las fotos de los muertos, la tela cayendo sobre una repisa con flores de plástico. La foto recuerda juventudes o el último instante, a veces el más último de los últimos instantes, porque si no hubo tiempo de fotografiar en vida a una persona allí está igual, los ojos apagados pero abiertos, en la foto que le sacará el funebrero antes de recostarlo en el féretro.

Siempre esos cuadros, en el recibidor y en el salón donde se toma vodka y se come arenque con las visitas. Hay un cuadro, en todas las casas, que reúne las fotos familiares sacadas desde la primera vez que una cámara volcó luces y sombras en un papel. Daguerrotipos apenas legibles junto a fotos Kodak. Un desfile de niños, acordeones, soldados, novias aferradas a sus ramilletes, antes o después de irse. Así se presentan los habitantes de la casa. La muerte es un detalle.



                                    ALGUIEN TIENE QUE PEDIR PERDÓN



Estoy parada frente a esta cartografía en la última casa de la última calle de la última aldea de Volinia. Lena permanece inmóvil a mi lado y también está bajo un árbol que se secó en blanco y negro, patos y charcos para siempre blancos, para siempre negros, detenidos en ese momento en que Lena elige posar parada al lado de una silla vacía, mirando al fotógrafo de la aldea que le indica que retenga la respiración, quieta, quieta, así, sus brazos batiéndose como alas en los laterales del trapo negro que lo cubre. Entonces Lena se aferra con cada dedo al respaldo de la silla para que no se mueva, para que mire atentamente al fotógrafo como ella, que esta allí, parada, posando para ser recordada joven, bella, sola.

Nos hemos conocido recién. Hemos corroborado que ella es Lena, mi tía, de la que tenía una vaga noticia. Hemos confirmado que yo soy la hija de Eugenia, hermana menor de Lena yéndose en 1939 a América. Ahora Lena puede decir: 1939. Ahora puede decir: América. En 1939 apenas podía correr detrás de un carro gritando que la llevaran a ella también.

Estoy al lado de Lena mirando a Lena. Quisiera preguntarle por qué me tortura con esa imagen, por qué seguimos paradas allí. Su madre no está y no estaba entonces. Su padre tampoco está, se aleja sentado en el pescante de un carro y lo último que ve es su espalda y su cuello porque su cabeza está hundida en su tragedia. "Papá se fue llevando a su nueva mujer y a su nueva hija". También se lleva un rollo de billetes envueltos en un pañuelo y una promesa de volver a buscarla. Extraña manera de volver la de mi abuelo Nikifor, su papá (¿al  abuelo le decían papá?). Aquí estoy, Lena, hemos vuelto. Estoy parada frente a ella cargando mis muertos y mis vivos en la valija. Aún me aferro a ella, a lo único que conozco, porque no he traspasado el recibidor.

Lena acomoda su cabello bajo el pañuelo y también me mira fijamente en blanco y negro. Estoy llorando amargamente y Lena murmura "No te preocupes, ya pasó" pero no me dice "no es necesario llorar, vos no tenés la culpa". Esteban, que nos traduce a duras penas, le ofrece las frases que debería decir. Pero las palabras vencen: Lena me dice que la hemos dejado sola. Lena me sumerge en un abandono desgarrador porque alguien, alguna vez, yo, hoy, aquí, en esta eternidad, le tiene que pedir perdón, le tengo que pedir perdón. Creo que podría arrodillarme, estoy a punto de arrodillarme. "Ya pasó" me consuela. "Fue hace tanto tiempo. Todos me han querido, he sido una buena mujer."






FOTOMONTAJE



Cuando el perdón fue pedido en todos los idiomas y en todos los continentes, recién entonces, me señala la foto pegada a la derecha de la foto de Lena junto una silla vacía. Me acerco porque las luces y el hipo y la valija no me dejan ver bien. Mi mamá. Mi otra tía, Vera. Mi abuela Ana. Mi abuelo Nikifor, jóvenes y elegantes posando en el mejor estudio de fotografía de Berisso. La mirada solemne, las cinturas fértiles. Reconozco esas melenas cortas y cuidadas, esos vestidos recién estrenados copiados en una pieza de conventillo porque así los luce Ingrid mientras doblan las campanas. "Son ellos, mi familia, mi mamá" murmuro como si Lena no supiera. La foto le ha llegado hace tantos años. La ha repasado tantas veces. La ha odiado. La ha amado. La ha pegado junto a la foto que sacó, por la misma época, en el jardín de su rabia.


UNA CANCIÓN DE AMOR


¿Cuánto tiempo estuvimos paradas ahí? ¿Cuando fue que me liberaron de la valija, me sacudieron la nieve? Pasamos al comedor y Eugenio nos recibe con una canción de amor. Lena ha pasado hace tiempo la barrera de los 80, Yeñik apenas los tiene. Allí está el pastor que perseguía cada tarde, tan pequeño en sus quince años, a una mujer casada de 20, mientras toda la aldea hablaba del escándalo. El padre de Eugenio lo manda a casa de su hermana. Tenemos que enamorarlo, este chiquillo enloqueció. Le presentan las trenzas más bellas del mundo pero el pastor sigue cantando a la mujer casada, el pastor entonces es llevado a un cuartel para que se convierta en soldado pero al salir le pide a Lena que deje a su marido y se vaya con él a la extrañeza de los soviets. Lena prefiere los rumores a los golpes, escapa con el soldado y conoce el mar de Crimea. Juntos ven crecer y desfallecer un nuevo orden. Está anocheciendo. Las canciones los abrigan de una sobrina que les ha caído, literalmente, del cielo.





BUSCAR EL AGUA

Al amanecer, voy a buscar agua al aljibe y me recibe una nieve de llanura que no conozco. Esponjosa y amable, se derrite al sol como yo. La planicie barrosa que habito se parece tanto a Volinia. Esteban me ayuda a traducir una canción de la primer noche que pasamos juntas.El mismo trigo, las mismas imperceptibles ondulaciones.

Волинський краю дорогий
Для мене був колискою
Озер блакить і шум лісів
Для мене став  ти піснею. 

Волинь моя,краса моя,
Земля моя сонячна.

Шумлять,колишуться хліба,
Мов хвиля в морі грається,
Моя заквітчена земля
До сонця усміхається.

Волинь моя,краса моя,
Земля моя сонячна.

Де ще знайти таку красу?
Мов в казці намальовану,
Мов нерозплетену косу,
До серця причаровану.

Волинь моя,краса моя,
Земля моя сонячна.


Volyñ mi querida nación,
Sos mi cuna y lo serás siempre, 
Sos una canción que guardo en mi,
Lagos y bosques, tu dulzura.
 
Mi bella Volyñ
Nuestra tierra llena de sol.

El murmullo del trigal
Como olas en el mar,
Esta querida tierra florecida
Regala al sol su gran sonrisa.

Mi bella Volyñ
Nuestra tierra llena de sol.

¿Dónde encontrar una hermosura así?
Como un dibujo fantástico
Como una trenza desatada
Se ha quedado en mi alma.

Mi bella Volyñ
Nuestra tierra llena de sol.

La quimera nacional es la misma. Esa elegancia de las espigas en nuestros versos, en nuestras banderas. Las hemos dibujado tantas veces, el lápiz tomado muy abajo remarcando cada grano.Yo, que ayer pedí perdón de rodillas (¿me arrodillé frente a una anciana que es mi tía? ¿Dicen las letras cirílicas, esas arañas sobre papeles viejos, que Lena es mi tía?¿estás segura, mamá?), yo también habito una nación orgullosa de trigales. La soja, esa voracidad de agua, vino después, pero los himnos ya estaban escritos, las banderas levantadas. Nada sucede como nos cuentan los libros de lectura pero no sé como explicarlo parada aquí, al borde de un pozo igual al que me asomé en Brandsen para asustar y asustarme, aquí, suspendida, esperando que el balde llegue al espejo y recoja el agua con el que me lavaré el pelo de alguna manera.





COCINA DE CAL Y LEÑA

Entro a una cocina de cal y leña igual a aquella donde calmaron mi susto después de inclinarme peligrosamente en un aljibe pampeano. Desayuno leche recién ordeñada en una habitación donde nadie conoce a Evita, al Che, a Perón. Es tan curioso, tan improbable. Aquí las discusiones se encienden con Merkel o Putin, vuelan chispas cuando alguien recuerda a Stalin. El aire se tensa como una cuerda mientras sirven un jugo de guindas que tiñe de rojo el mantel, las servilletas, las conversaciones. "Cuando papá se estaba por ir, mi abuela me dejó pasar muchas horas con él". Conozco ese mantel de hule. Las canastas de fruta sobre un cuadriculado azul. El ruido sordo de la madera y las tazas de lata, chocando. "Unos días antes que ustedes se fueran, vino su hermano y trajo dulces." Ustedes, me dice. No soy mi mamá, Lena. "El tío nos dio dulces a las dos. Y papá, furioso, te quitó los que tenías en las manos y me los dio todos a mí."

No voy a pedir ese perdón esta vez. No lo voy a pedir.



SIETE VUELTAS



Más tarde, bajo un sol frío y desconocido, viajamos campo traviesa en un Lada destartalado. Estamos yendo a misa con tíos y primas que me han brotado como un zarpullido. Quisiera decir que Volyñ moia es una canción de rimas tontas. Que las mujeres ya no usamos pañuelos de flores, si alguna vez los usamos. Que no vamos a misa. Que, si vamos, a la media hora regresamos a nuestra computadora o al fastidio del supermercado y la carne picada. Pero elijo no decir nada y Esteban les comenta "ella es así, habla poco" o algo que suena parecido y me protege.


Llegamos a una iglesia que, estoy segura, he visto antes (¿en la República de los Niños, en los cuentos de hadas?), conozco esa madera azul y esa cúpula dorada, esa irrealidad. Mi pelo se seca durante tres infinitas horas de plegarias y cuadros inclinando el techo sobre nuestras cabezas. Siete vueltas del sacerdote con el bebé en brazos alrededor del altar si bautizamos un niño. Siete vueltas del sacerdote y el bebé esperando en el suelo, si bautizamos una niña.

A la salida, me hacen hablar para reírse del sonido de las vocales. Es el mediodía y me han perdonado. Ahora podemos llenar ese océano que va desde el verano de 1939 a este invierno de 2013. Voces bajas. Primac. Novit Vir. Palabras que se susurran, como Stalin o Hitler.

Mi abuelo es un primac, alguien que vive de prestado en la tierra de otros, me explican y entiendo. Cuando su mujer muere de puro parto, Nikifor debe irse del único hogar que conoce. Su hija Lena debe quedarse: ella le asegura al linaje materno la propiedad de la tierra. Su hija es su hija pero antes es hija del clan de su madre. El amor de Nikifor engendró ese infierno, qué derechos pueden asistirlo. Entonces el joven que bailaba sin preocupaciones se desploma como un gato herido. Lo reciben en la jata de su amigo Grilko, desde donde puede ver crecer a Lena. Pero Grilko es llamado por el ejército y parte a Novit Vir. Cuando las bombas alemanas destrozan Novit Vir y su campo de reclutamiento y cuando vuelan por los aires los jóvenes que esperaban despreocupadamente y cuando mi abuelo Nikifor, 20 años largos, va a buscar a su amigo Grilko y recoge sus pedazos, la verdad se revela sin demasiadas vueltas: hay que huir.

Nikifor prepara su partida. Colma de dulces a su pequeña Lena y se va con Ana, hermana de Grilko, y con Yeña, su nueva niña. Volinia, bella como una trenza desatada, es testigo del desgarro. Lena grita su pesadilla y su abuela le anuncia la maldad del mundo. La envuelve en su abrazo explicándole que es mejor ese dolor que cruzar el océano y sus monstruos. Lena no sabe lo que es un oceáno, pero sabe lo que es un monstruo. Lena me explica que Ana, mi abuela, fue una mujer descuidada. "En Brasil murió su segundo hijo porque lo dejó caer de su regazo". Trato de corregir la versión, le hablo de la selva y la neumonía inesperada pero no puedo demostrar lo que digo y Lena se aferra a la escena que la mantuvo viva. Unos años después de aquel barco que no podía imaginar, Lena prepara la foto. Ya no está su abuela, es una huérfana errante y, de algún modo, una mujer libre. Las familias de su aldea la han acogido y ella se fotografía, cuando sabe cómo hacerlo, tal como vive.

NOVIT VIR

Volvemos de misa para almorzar remolachas hervidas y barenikes. Una ricota dulce y tibia que se mezcla en mi boca con el agua guindada. Yo no estoy aquí, nunca estuve aquí. Mis primos y Lena preparan ahora la excursión a Novit Vir, no quiero ir, es una historia descuartizada, les digo o me digo porque le pido a Esteban que no me traduzca.

Recorremos el camino de los años espiga por espiga. Las guindas se han vuelto licor. A nadie le importa una herida política que traigo en el orgullo, un barrio donde fui maestra y remonté barriletes, mis operaciones o la salud de mi madre. Me interrumpen porque no les importa o porque ya es hora de ir a Novit Vir. Hay una familia más allá de Europa, comento, pero ya están organizando quienes irán en el Lada y quienes irán recostados sobre el heno del vis. Elijo el carro, soy la visita y me hacen ir junto al conductor, ese silbido lo conozco, lo he escuchado en Brandsen, quiero comentarlo pero Esteban no está cerca para traducirlo. Me ato el pañuelo al mentón a la manera de ellas, y allá vamos, todo se esfuma, todo es Volinia ahora.



















Aquí encontraron su cabeza, aquí su brazo. Aquí, Nikifor decidió irse. Aquí Hitler, aquí Stalin, aquí una revolución, una guerra, un soldado niño. Me lo explican haciendo con sus manos montículos de nieve. Aquí fue donde lo encontraron, aquí fue. El regreso está mojonado de cementerios, los rushnik sobre las cruces y otra vez las fotos pero esta vez como cerámicas en cada sepulcro. En la Argentina ya no vamos a  los cementerios, nadie me escucha. Nadie. Aquí, la tumba de Grilko. Acomodamos sus pedazos y lo vestimos con su uniforme, me explican. Hitler, susurran. Stalin responde un tío o una prima y una guerra sorda y presente y viva se desata en las afueras de Voronchin.





Vuelvo a la casa cargando nuevos muertos. Me recibe la silla vacía de Lena. Me siento en ella, mi cuerpo la llena completamente. Lena me despierta para cepillar mi pelo. El de ella ya está preparado. Es de noche y el cabello de las mujeres debe cepillarse, hebra por hebra.

























viernes, 15 de junio de 2018

SOLDADO



El Ejército rojo se prepara, Pedro. Los fusiles de asalto y los tanques están listos. Han dejado atrás las murallas del Kremlin, han cruzado la plaza Roja y vienen, ya vienen, armados de vituallas y viejas canciones. “Difícil es llegar hasta ti, y la muerte está a cuatro pasos” cantaban entonces y cantan ahora para no rendirse al sueño y a los presagios de los cuervos. 

Los carros de asalto y los submarinos. Los ejércitos de enfermeras y aviadores. Ya vienen. Verás a los veteranos apretar contra su pecho los fusiles Kaláshnikov, desfilarán el misil hipersónico y el de propulsión nuclear. Ya vienen, están cerca.



Ya están apostados los tiradores en las esquinas del hospital. Asomate a la ventana, Pedro, para ver el destello de sus miras telescópicas. Sobre aquella terraza, los mejores apuntan a tus verdugos. Vienen a liberarte. Ya vienen.

Tomarán la guardia, requisarán estetoscopios y pinzas quirúrgicas, gemidos y heridas menores, secuestrarán todas las rutinas de la ciudad Estado. Avanzarán por los pasillos, subirán las escaleras, tomarán los tres pisos. Está todo previsto: en unas horas reducirán a médicos y enfermos, cortarán la luz y los teléfonos.

Llegarán, claro que llegarán. Desconectarán los electrodos y los sueros, los cables que cronometran tu sístole y tú diástole. El Ejército te camuflará entre las sábanas y nadie lo notará. Serás un fantasma cruzando los pasillos. Ellos traen cigarrillos escondidos en su uniforme, cómo podrían olvidarse, les he encargado cientos de ellos.

Dicen que al frente del ejército viene Vladimir Ullianov. Dicen que pidió sus medallas y su mejor uniforme. Hablemos bajito, Pedro,que ellos no se enteren. Ya le avisé a nuestros soldados que la CIA tomó la Unidad Coronaria. Ya les dije como patrullan por turnos tus sueños y respiraciones. Ya vienen, Pedro, a liberarte. De los desfribiliadores y los catéteres, del monitor, del oxígeno y su máscara, del conteo impúdico de tus pulsaciones. 

Ya se acercan, Pedro, a acariciar tu tráquea herida, tu laringe sin voz, tus válvulas cansadas, a afeitar tu barba, a limpiar sin muecas tus secreciones. Te llevarán a la tarde de sol en que conociste a Vera, al puente de la Génova, al río y sus flores de petróleo. Los barriletes que remontaste cada tarde esperan en el aire de Berisso, temblando. 

Todo está previsto. La victoria reclama sus celebraciones. El mantel sobre la arena, el acordeón de Petia, el arte mayor de los hijos de Rusia. Los barcos bajarán sus escotillas, quién puede dudarlo. Vendrán el poeta y el novelista, y dicen que el Che será de la partida. El comandante ha visto la hoz y el martillo de aquella madrugadaNadie dibuja la revolución como él, dijo. Será una bienvenida con honores, no le huyas a esa sobremesa. 








En la hora de la siesta, comenzarán las controversias. Alguien bajará la voz para recordar tus días oscuros, pero no te preocupes, Pedro, el comandante los ha perdonado uno a uno. Retomaremos el vino y las canciones, recorriendo sin apuro el ecuador de una sandía. Cantaremos hasta caer rendidos a nuestros párpados, y sobre esa piel iluminada se dibujará Audrey desayunando en Tiffany's.

Cuando anochezca, el Ejército regresará a su Kremlim. Agitaremos banderas, cantaremos el triunfo de los camaradas. No intentes retenerlos, Pedro, la postal es tan bella: los fusiles al hombro, las espaldas fuertes, alejándose. Una vieja canción, después la nieve. Y un destello de lo que alguna vez fuimos encendiéndose en la vigilia del mejor soldado.




martes, 1 de mayo de 2018

EL FUSILADO QUE VIVE

(…) una noche asfixiante de verano,
frente a un vaso de cerveza, un hombre me dice:
–Hay un fusilado que vive.
No sé qué es lo que consigue atraerme en esa historia difusa,
 lejana, erizada de improbabilidades.
No sé por qué pido hablar con ese hombre,
por qué estoy hablando con Juan Carlos Livraga.
Rodolfo Walsh (Operación Masacre)






Salíamos de la escuela y nos íbamos para su casa, casi corriendo. Sandra vivía muy cerca, cruzando la plaza Moreno. Era una casona vieja, de techos altos, oscura. Atravesábamos el pasillo, dejábamos los guardapolvos en una silla y nos trepábamos para alcanzar la mesa. Mimí, su mamá, tocaba el piano o bailaba flamenco, no recuerdo bien. Nos recibía maquillada, no usaba chinelas ni delantal. Después llegaba el doctor von Kotsch. En la casa le decían Lolo. Mi papá es abogado, me decía Sandra. Los abogados no andaban en bicicleta ni hacían mandados.  

El papá de Sandra traía un portafolio negro cargado de papeles escritos a máquina. Cuando entraba al comedor, nos despeinaba o hacía algún chiste sobre Gimnasia. En su escritorio, ubicado detrás de una puerta que daba al pasillo y que alcanzaba a verse desde el comedor, había talonarios, gomas elásticas y un extraño aparato que hamacaba papel secante sobre hojas recién escritas. A veces lo traíamos a nuestra mesa y lo usábamos sobre nuestros cuadernos. Recuerdo las tapas forradas en papel “araña”, la regla de madera, la goma de borrar, los cartuchos de tinta azul de las lapiceras Parker. Mi dedo mayor todavía es azul. 

Cuando llegaba, Lolo von Kotsch besaba a Mimí con un movimiento ondulado que me incomodaba y me hacía cruzar las piernas. Después se encerraba con la gente que lo venía a ver. Recuerdo un señor que hacía girar su gorra entre los dedos mientras lo esperaba. 

Al anochecer me venían a buscar. Mi papá fue soldado, le contaba a Sandra. Mi mamá es ucraniana. En el asiento de atrás del Fiat 1100 me acompañaban las novedades de mi hermana, sus figuritas nuevas y su suerte envidiable, la voz de radio Colonia arrullándonos hasta llegar casi dormidas a nuestro barrio en la circunvalación. Mi casa tenía una verja blanca al costado que yo abría para que papá estacionara el Fiat sobre dos hileras de baldosas de cemento. Un mal movimiento y el barro ametrallaba sin piedad camisas y guardapolvos. La plancha y el almidón Colman librando esa guerra cada día. Adentro nos esperaba un aroma de eucaliptos sobre la estufa, mi mamá discutiendo con mi abuela por teléfono en ruso o en ucraniano, quizás en polaco, nunca supe bien. Después se servía la sopa y el puchero. Recuerdo las fuentes de loza, el mantel bordado, las servilletas con nuestras iniciales. Todavía oigo al soldado hablando de un puerto y una mujer que cumplía años el día del bombardeo.

Yo sabía que algún día me iría de La Plata. Viajaría a una vida que no lograba recortar en el desorden de mis ideas. Nunca pude descifrar el final del viaje. Cuando por fin salteaba ese espacio en blanco, me veía descansando en un bosque o una pradera, frente a una brisa triunfal y definitiva. El cine me prestaba la música de la escena. Yo ya andaba en bicicleta sin rueditas, conocía ese viento en la cara.

Una mañana, en la cola de la panadería, vi a Onganía a través de la cortina de hule que separaba el despacho del comedor de la familia. Vi su uniforme, vi su carroza en blanco y negro. Cuando el pan terminó de caer en mi bolsa, dejé mis monedas y me fui.

Una tarde, Mimí la filmó a Sandra arriando la bandera del patio de la escuela. Se escuchaba, a lo lejos, la banda del regimiento 7. Yo nunca había visto una filmadora. Ese día vinieron sus hermanos, Eric y Gustavo. Yo no sabía qué decirles cuando me saludaron. Yo no sabía lo que era un hermano. Tampoco sabía lo que era un varón.

Con Sandra nunca hablábamos de nuestros padres. Tampoco de generales, hermanos o filmadoras. Preferíamos dibujar o ganar figuritas. Después ella se mudó y nos vimos menos. Cuando me fui del Normal 1, la cruzaba algunas tardes en el centro. Teníamos poco de qué hablar. Una noche sentí una ráfaga de explosiones sordas, un silencio espeso, otra ráfaga. Me acordé de la casa de los von Kotsch. De la  gorra que giraba en las manos de aquel hombre asustado.

            Un día, en el Liceo, un pibe de quinto año me hizo señas para que me alejara, estaba escondido detrás del telón del escenario. Lo buscaban unos celadores y afuera estaba la policía. Esa tarde, la profesora de inglés me mostró una pastilla de cianuro.

Una noche, unos soldados nos hicieron salir del cine de la calle 8. Sandra pasaba con su novio por la vereda de enfrente. Me dio vergüenza no tener uno y no la saludé.

Hace unos días estuve con ella. Estamos viviendo otra vida, pero su voz es la misma. Hace tiempo que sé que Rodolfo Walsh escribió Operación Masacre gracias al padre de Sandra. El periodista  agradece en el prólogo las gestiones del doctor Máximo von Kotsch, abogado de Juan Carlos Livraga, el fusilado al que traicionaron sus ojos. Livraga lo contó cientos de veces: sus párpados temblaron frente a la luz de los reflectores que sostenían sus cazadores. El tiro le destrozó la mandíbula, pero alcanzó a correr cuando los supo lejos. El desmayo sobrevino a pocas cuadras, frente a una guardia policial. Lo metieron en cana para que se muriera de una vez.

Cuando Lolo von Kotsch entró aquel día en la cárcel de Olmos, le hablaron del desgraciado que no terminaba de morirse. Lolo tenía amigos del lado oscuro, policías y guardias jóvenes como él que arruinaban el juego a sus jefes. Cuando quiso hablar con él, Livraga apenas podía gemir. Lolo le pidió al padre del moribundo el certificado de ingreso al policlínico de San Martín, donde fue llevado por la misma policía. Al otro día fue al juzgado con ese papel. Y Livraga vivió.

Muchas veces me pregunté si Livraga no sería el hombre que giraba su gorra en el pasillo de la casa de Sandra. Su exilio no tuvo fechas conocidas. Lo traté de reconocer en las fotos y homenajes, pero el de las imágenes era un hombre bajo y prolijo, el de mis recuerdos estaba muerto de miedo.

Cuando nos encontramos, Sandra me recibió en un comedor donde nuestros cuerpos sobrepasaban sin esfuerzo la altura de la mesa. Llegué a esa cita con algunas vidas encima. Ya sabía lo que era un abogado, una masacre, un hombre aterrorizado. Llegué siendo la hija del soldado que defendió a Perón en el puerto de Ensenada. Llegué sabiendo el nombre de la mujer que lo recibió en su casa cuando arreciaron las balas y las derrotas.

Nunca habíamos hablado de esos temas, o quizás no habíamos hablado de ningún tema. Corríamos, tomábamos la leche, sacábamos punta a nuestros lápices. Teníamos que atender una mancha de tinta, un juego de figuritas, las curvas y contracurvas de una ka o una be mayúscula. Estábamos demasiado ocupadas. El pulso de nuestras manos, la taza de leche cayendo inesperadamente sobre el cuaderno. Los guardapolvos sobre las sillas, Lolo llegando, besando a Mimí. La historia se escribía en mí, en ella, en la casona de plaza Moreno y en la casa de las afueras. Los sucesos estaban en nosotras, éramos nosotras, viviendo.

Lolo murió sin ceremonias, ajeno a su fama en Wikipedia. Me busqué en esa versión cientos de veces, nunca me encontré. La versión de Sandra de esa tarde me parece más fiel: se detiene en los detalles, en las nimiedades del héroe. Mi papá caminaba siempre al lado de Livraga para que no lo fusilaran, me cuenta. Después de celebrar su libertad en su casa suburbana lo ayudó a irse del país. Livraga le dejó una foto dedicada: Gracias Doctor Por Mi Vida. Regimientos, basurales, soldados, balas, carrozas, guerras, mujeres eslavas huyendo en tercera clase. Todo había pasado en mí, en ella, en nosotras. Sentí mi cuerpo surcado de renglones. La multitud recorriéndome como una calle.

Hace unos años lo volví a ver, me dice. Para llegar a Livraga, a Lolo salvando a Livraga, caminamos hacia atrás. Curvas y contracurvas. Su casamiento, los hijos, el cáncer inesperado de su marido, aquel novio de calle 8 dejándola sola, muriendo sin demasiadas razones. Pasamos junto al viaje familiar a Rusia en 1976 y llegamos hasta la cárcel que lo esperaba a Lolo ni bien puso un pie en la Argentina. Cuando preguntó por qué, el fusilado regresó a su vida. Usted hizo caer a Aramburu y Rojas, mire si lo vamos a dejar suelto, fue la respuesta de la gente de Etchecolatz al doctor Máximo von Kotsch, abogado de Juan Carlos Livraga y Miguel Ángel Giunta, sobrevivientes de la masacre del basural. 

Cuando viene al país, Livraga se queda en lo de mi hermano Eric, me cuenta Sandra. Livraga cree que Eric es mi papá y Eric cree que Livraga es nuestro viejo. Miran sus fotos y lloran, me dice Sandra y sonríe. Sandra elige la caligrafía de esta tarde. Sandra elige los deberes. Mi papá fue un un gran tipo, me dice. 

La miro y encuentro esa mirada enfocada, atenta, la misma que cuando cambiaba el cartucho de su lapicera Parker. A nuestras espaldas, un hombre hace girar nerviosamente su gorra. Antes de atenderlo, Lolo besa a Mimí. Alcanzo a verlos sobre mi hombro. El doctor von Kotsch desaparece con él detrás de la puerta de su escritorio. Quizás sea Livraga, ya no importa. Veo, por fin, la escena del viaje que me había sido negada.


Notas
Rodolfo Walsh habló por primera vez con Juan Carlos Livraga, el sobreviviente de los fusilamientos en los basurales de José León Suárez, en el estudio de su abogado, Máximo von Kotsch, en La Plata. Fue el 20 de diciembre de 1956. El doctor von Kotsch pudo probar que su defendido estuvo con la policía gracias a la nota que una enfermera del políclínico donde fue atendido entregó a su padre, y éste a von Kotsch. El fusilamiento de los basurales de José León Suárez tuvo lugar el 9 de junio de 1956. Juan Carlos Livraga y Miguel Ángel Giunta, dos de los sobrevivientes, recuperaron su libertad el 17 de agosto de ese año. El doctor von Kotsch no les cobró un centavo. Ayudó a Livraga a regresar a su casa, y luego, a exiliarse. Máximo von Kotsch falleció en 1997 y Mimí Arce, su esposa, en el año 2014. Sus hijos Gustavo, Eric y Sandra viven en La Plata. Durante los sucesos, Mimí esperaba a su segundo hijo, Eric von Kotsch, quien actualmente mantiene una estrecha relación con Livraga, radicado en San Diego, California. Eric buscó a Livraga luego de la muerte de su padre. Desde entonces, mantienen contactos periódicos. A través de cartas y largas visitas, Eric reconstruye a su padre.

Un año antes, el 16 de setiembre de 1955, el puerto de Ensenada sufrió descargas de cañones y ametralladoras desde buques de la Armada levantados contra el gobierno del General Perón. El puerto fue defendido por los soldados del Regimiento 7 de Infantería de La Plata, quienes fueron asistidos por vecinos de la zona portuaria. Blanca, una mujer que cumplía años ese día, recibió en su casa a los conscriptos Ricardo Bernazza y Mario Ive, quienes, como gesto de agradecimiento, la visitaron un año después, llevándole una torta de cumpleaños.

Veinte años antes, entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, más de 50.000 ucranianos con pasaporte polaco llegaron a la Argentina huyendo del territorio en el que se libraban las batallas entre el ejército alemán y el soviético. La mayoría se asentó en las provincias de Misiones y Chaco y en la ciudad de Berisso, localidad que todavía integraba el distrito de La Plata.





martes, 2 de enero de 2018

MOVIMIENTO NACIONAL DE LOS CHICOS DEL PUEBLO: orígenes y acta fundacional

... Morlachetti propuso la idea de dar vida a un nucleamiento en defensa de la infancia y, junto con Enrique Spinetta, que había constituido con su mujer Claudia Bernazza el hogar Lugar del Sol en Berazategui, empezó a delinear una suerte de manifiesto doctrinario y de acción sobre políticas para la niñez. Ese texto terminó por convertirse en el acta fundacional del Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo. (...) Carlos Cajade siempre dijo que aspiraba a que, alguna vez, el hogar que acababa de fundar no hiciera falta (...) Como el escrito elaborado por Morlachetti y sus amigos estaba planteado desde esa misma perspectiva cuando Spinetta lo fue a ver a la Casita y lo invitó a plegarse, no dudó ni un instante. (...) La versión final del acta de constitución se firmó el 30 de setiembre de 1987 en la capilla Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa de Florencio Varela, a cargo del presbítero Miguel Hrymacz. Rubricaron el documento una docena de grupos que trabajaban con chicos (...) Una de las primeras definiciones fue no utilizar la habitual figura de "chicos de la calle" y apelar, en cambio, a la de "chicos del pueblo", para evitar estigmatizaciones. 
Pablo Morosi en PADRE CAJADE: el santo delos pibes de la calle, ed. Marea, 2016.











ACTA DE CONSTITUCIÓN
MOVIMIENTO NACIONAL CHICOS DEL PUEBLO

Porque hemos elegido a los chicos del pueblo como nuestro compromiso de vida, y a ellos nos hemos dedicado.
Porque vivimos con ellos, en algún rincón de los barrios más olvidados del país.
Porque nos hemos decidido a ofrecerles un futuro más digno que la calle.
Y porque somos hermanos en este camino, aún cuando nuestras obras sean autónomas e independientes entre sí.
Nos hemos unido para promulgar la siguiente DECLARACIÓN de PRINCIPIOS, la que levantaremos como bandera donde los chicos necesiten.


1º) Las organizaciones que conformamos este movimiento, creemos que la convivencia cotidiana con la infancia olvidada, las experiencias concretas de trabajo con los chicos, ligadas íntimamente a la lucha política del campo popular, son las fuerzas humanas capaces de transformar el destino de nuestro pueblo. A esto nos dedicamos, desde una visión trascendente del hombre.

2º) Nos hemos decidido a acompañar a las familias más carenciadas, con quienes lucraron y lucran los imperialismos en Latinoamérica, creando sistemas de tremenda injusticia. Con ellas queremos construir los cimientos de un orden social más justo. Y desde ellas, acompañamos con especial atención a los chicos, por ser los miembros más débiles, y por lo tanto, en mayor situación de riesgo.

3º) Creemos en los chicos como sujetos históricos, participes activos de su formación. No creemos en la niñez como una etapa "menor" de la vida del hombre, sino como una enriquecedora posibilidad presente de ser feliz.

4º) Por lo anterior, nos negamos a pensar que los chicos sean:
- depositarios de una caridad liberadora de conciencias.
- objetos pasivos de la asistencia de instituciones públicas y privadas.
- espectadores de la leyes, patronatos y decisiones que sirvan para protegerlos sin haberlos hecho partícipes en la elaboración de las mismas.

5º) Adherimos a la Declaración Universal de los Derechos del Niño, la Declaración de San José de Costa Rica y a los Derechos que otorgó la Nación Argentina a la infancia en la Constitución de 1949, que fue precursora del pronunciamiento de las Naciones Unidas.

6º) Dados los modelos de patronato utilizados en Argentina, en abierta contradicción con estos derechos, nos vemos obligados a realizar las siguientes observaciones: por el derecho que tiene el niño a una familia, CUALQUIER MODELO DE PROTECCIÓN QUE SE ALEJE DE ELLA, LA ASUMIREMOS COMO UNA VIOLENCIA EJERCIDA CONTRA LA INFANCIA. Por lo tanto, los modelos institucionales -orfanatos, institutos de menores, colegios- los rechazamos categóricamente, por no crear vínculos del tipo familiar, aún cuando no dudemos de la buena intención de sus fundadores.

7º) Los chicos abandonados o en riesgo de abandono, los consideramos hijos nuestros. Nadie desea para su propio hijo la crianza en un instituto, aún cuando sea en las mejores condiciones económicas.

8º) Defendemos a la familia de origen como responsable primera y preferencial de la crianza de sus hijos, aún cuando la aquejen graves problemas de relación, al punto de producir la expulsión de sus miembros más débiles. Familias expulsadas de su tierra de origen, de los circuitos de producción, ajenas a los avances tecnológicos patrimonio de toda la humanidad, no creemos que son victimarios de sus hijos sino las víctimas, junto a ellos, de políticas dependientes sobre las que ya nos hemos pronunciado.

9º) Por lo tanto, no apostamos a modelos que aíslen  a los chicos de sus familias, sino que acerquen, al punto de que pueda darse el regreso al seno del hogar primario.  En lo posible, abogamos por un regreso domiciliario -es decir, la convivencia bajo un mismo techo-. Si esto no fuera posible, todos nuestros esfuerzos irán en dirección a un regreso afectivo -es decir, una conciencia familiar que permita no culpar al padre o madre alcohólicos, castigadores o prostituidos, sino enmarcarlas dentro de la grave marginación social en que han sumido a las familias del pueblo-.

10º) Favorecemos la adopción sólo en aquellos casos en que los vínculos familiares de origen se encuentren totalmente destruidos, sin penar, desde la adopción, a la madre pobre, soltera, sola o menor de edad.

11º) Defendemos y propendemos a la creación de obras del tipo Hogares, Casas del Niño, Jardines Maternales, grupos juveniles, talleres cooperativos de trabajo, y toda obra que prevenga la llegada de los chicos a la calle y al diabólico circuito policía-juzgado-instituto.

12º) Aún cuando la ley así lo establece, y por el incumplimiento generalizado, reafirmamos que:

a) el menor que comete un delito no se lo pena, se lo educa.
b) por lo tanto, si no es posible de pena ni castigo, y si procede la privación de libertad, la misma no implica maltrato físico o moral. Tiene el derecho a recibir una educación que le muestre los límites de la libertad, por su contraparte de responsabilidad. También en estos casos abogamos por un modelo familiar, y no los clásicos modelos correccionales vigentes -del tipo carcelario- que han demostrado y demuestran su brutal ineficacia en la recuperación de los chicos.

13º) Denunciamos el sistema judicial para menores que viola de hecho las leyes vigentes, -aún cuando estas no sean las más deseables- y las más mínimas normas de dignidad del niño.

14º) Es inhumana la condición de los menores en comisarías, más si son los jueces de un sistema democrático los que avalan esta condición.

15º) Rechazamos también la internación de menores en cárceles, porque reviste el carácter de verdadero genocidio.

16º) Nos oponemos terminantemente al castigo corporal y psicológico del que son víctimas los menores en diversos momentos del nefasto circuito de la internación.

17º) El sistema jurídico imperante penaliza la pobreza y la interna en las instituciones cuyo único referente vincular estable son las paredes. El Poder Ejecutivo utiliza sistemas institucionales propios del siglo pasado cuando se pretendía esconder aquello que incomodaba a la sociedad.

18º) El Poder Judicial Provincial y Nacional trabaja con plena conciencia de que el sistema de internación del Estado genera las fugas necesarias para seguir internando.  De no ser así, y si se obedecieran las órdenes judiciales, se deberían construir:
- Un instituto penal
- Tres institutos asistenciales mensuales, lo que significaría, por ejemplo, techar la provincia de Buenos Aires en pocos años.

19º) Lucharemos por la derogación del decreto Ley Nº 10.067 (Pcia. de Bs.As.) de Patronato del Menor -promulgada en el último gobierno de facto- ya que fue inconsulta, avala una concepción internista, y no existe en ella la figura del Defensor del menor.

20º) Reivindicamos la Ley de Menores de 1948, precursora de la Declaración Universal de los Derechos del Niño, que relegaba la internación a recurso de excepción y transformaba automáticamente todos los institutos existenciales en hogares, dándole al Estado, y por lo tanto al pueblo soberano, el papel que hasta ese momento, habían protagonizado las damas de beneficencia de la alta sociedad.

21º) .- Creemos en un Estado que nos pertenece porque somos nosotros mismos, y es derecho de los niños y de las organizaciones que los reúnen, la utilización de los fondos destinados a ellos, sin intermediación alguna ni trámites burocráticos engorrosos y elitistas.

22º) Los chicos son las responsabilidad de su propia familia, de la comunidad organizada, y por último del Estado que los protege y no los castiga.


       La política de minoridad debe darse en un contexto de diálogo con las organizaciones intermedias dedicadas al tema, las organizaciones de los trabajadores y los chicos como sujetos de su historia"

        Todo esto es deseable, pero no parece posible a corto plazo. Sin embargo para que la humanidad avance, siempre es necesaria la presencia viva y actual de la utopía: ella no es imposible, sino el horizonte que indica el final de una larga marcha y de una ardua tarea.


Por todo lo antepuesto, RESOLVEMOS: 

- La formación de un movimiento de hogares y Casas del Niño que respete la autonomía de trabajo de cada una.
- Este movimiento, en adelante denominado "Chicos del Pueblo" no pertenece orgánicamente a ningún partido político o iglesia, se dará sus propias formas organizativas y tendrá la facultad de delegar en algunos de sus miembros -elegidos democráticamente en asamblea- la representación de todos los integrantes.
- Chicos del Pueblo se reunirá con la periocidad que sus integrantes consideren necesaria, atendiendo a que, dadas las características de estas obras convivenciales, esta periodicidad será respetuosa de las ocupaciones de los miembros.
- Podrán sumarse a este movimiento todos los grupos, organizaciones, asociaciones y obras que así lo deseen, con las únicas y excluyentes condiciones de coincidir con todos los postulados de la presente declaración, y haber asumido una tarea directa y preferencial junto a los jóvenes y a los chicos, conviviendo con ellos y sus problemas.
- Este movimiento firmará todos los acuerdos, solicitadas, declaraciones y comunicados de prensa o promoverá aquellas acciones directas que considere necesario para la defensa de los chicos, ya que creemos que son nuestros hijos no sólo los que integran nuestras obras, sino también:
     - Los chicos en institutos
     - Los que viven alguna situación de riesgo
- Nuestra declaración es también una invitación a todas las obras hermanas a sumarse a ella, si creen que la convivencia cotidiana con los chicos y sus familias como la herramienta capaz de salvarlos de la vida que quieren imponer los mercaderes internos y externos de nuestra Patria.


Florencio Varela, 30 de setiembre de 1987.


Hogar Pelota de Trapo -Alberto Morlachetti-; Hogar Lugar del Sol -Quique Spinetta-; Medalla Milagrosa, Florencio Varela -Miguel Hrymacz-; Casa del Niño de Quilmes, -Luis Farinello-; Hogar de la Madre Tres Veces Admirable -Padre Cajade-; Hogar La Casita de Moreno -padre Elvio Mettone-; Hogar MAMA -Juan y Ana von Engels-; Che Pibe, siguen las firmas…