domingo, 21 de mayo de 2017

EL VIAJE


Todo está por construir(se). Deberás construir la lengua que habitarás y deberás encontrar los antepasados que te hagan más libre. Deberás edificar la casa donde ya no vivirás sola. Y deberás escribir la nueva educación sentimental mediante la que amarás de nuevo. Y todo esto lo harás contra la hostilidad general, porque quienes despiertan son la pesadilla de quienes aún duermen.
Llamamiento Tiqqun


Año 2876, mayo 1, 11.03.05. Afuera cae esa llovizna fina y fría del río de la Plata. La llamo a Sara y le pido que me acompañe mientras programo mi holograma para que nos envuelva cómodamente a los dos. Ella me vuelve a pedir que abandone la idea de cambiar mi identidad; le explico, una vez más, que ya está​ decidido. Ella sabe que la quiero y que respeto su linaje, que siempre será mi madre, pero el mundo ha cambiado durante la madrugada. Cada segundo cuenta. Nadie sabe que va a pasar dentro de unas horas, esta noche, mañana.
El Big Bang resultó un enorme fiasco. El holograma me despertó a la 01.34.03 con la novedad. Todo comenzó con una chispa de una fogata lejanísima, encendida por un grupo de homínidos. Nuestros antepasados creando el universo. Una combustión, un choque de partículas, y las espirales saliendo despedidas: galaxias, órbitas, ondas en expansión, cromosomas, agujeros negros. En mis pantallas, cientos de voces ensayan explicaciones. Todo lo que sabemos sobre tiempos superpuestos y dimensiones paralelas no alcanza para explicar esta escena ridícula de primates alrededor de un fuego buscando piojos en la cabeza de un compañero. La chispa viene de ahí, de pronto se expande y es este Multiverso. Nadie lo previó. Nadie lo insinuó jamás. Quizás Chiang alguna vez, pero ya nadie recuerda las teorías antiguas.
En las ventanas de las casas del parque, las luces de los hologramas titilan desde muy temprano. Las terminales están recibiendo estas imágenes inesperadas. Un clan primitivo abrió esta puerta, desplegó esta materia. Somos el viaje de nuestros antepasados. No nos gusta lo que vemos, pero eso no empaña la fiesta: hemos logrado ser testigos del acto creador. No tardaremos en descifrarlo, y alguien jugará a ser dios. Por eso debo hacerlo hoy, y quiero que Sara me acompañe. Si voy a vivir el fin del mundo o el inicio del mundo, quiero ser el que soy.
Sara se sienta al lado mío aparentando una serenidad que no le creo, estoy tentado de acariciar su cabello, pero me contengo. Hace tiempo que abandonamos ese juego infantil. Entro al holograma con esa velocidad que sigue asombrándola. En tres segundos estoy listo para grabar las notas que exige la Agencia de las Identidades. Las he preparado con cuidado, debo dar una explicación razonable sobre mi cambio de nombre y linaje. El holograma silencia los demás programas. Sara exagera un suspiro. Su desacuerdo me molesta más de lo que pensaba, pero comienzo a hablar igual. "Dejo mi nombre Diada, impuesto por mi madre Sara al nacer en homenaje a sus dos madres, Tiara y Miríada, para tomar como nombre Macha, en homenaje a la bandera que se encuentra en custodia en mi casa y que perteneció a los Antiguos. La bandera de Macha recuerda la gesta de un guerrero de nombre Belgrano, quien luego de las derrotas en Vilcapugio y Ayohuma hizo esconder el estandarte para que no cayera en manos realistas". Sara me mira con esos ojos abiertos y redondos que pone cuando no entiende las palabras. Ella no sabe qué es un estandarte ni conoce a Belgrano, jamás escuchó hablar de los realistas, no diferencia pueblos ni períodos de la era de los Antiguos, ¿cómo puede vivir así? "Elijo como linaje Lezama, porque en el viejo museo de este parque, los pueblos australes guardaban las reliquias de sus guerreros. La humanidad no contaba entonces con archivos tridimensionales, aquí está lo poco que nos queda de los Antiguos del Sur."
Sara se levanta. Va a servirse su dieta, como cada vez que se enoja conmigo. Mezcla las semillas con el suero agitando el brazo como una desquiciada, mientras repasa mentalmente las leyes del autocontrol, una por una. Ya no soy un chico, pronto entraré en la adultez, pero me sigue tratando como si fuera su cachorro. Cambiar su linaje por uno que para ella no tiene ningún sentido la pone furiosa, pero no quiere decírmelo. "Diada Sara ha dejado de existir, bienvenido Macha Lezama, cariotipo xy, competencias en historia antigua y programación nivel inicial, demás registros a la vista", dice el holograma antes de fundir a negro la interfase con la Agencia de las Identidades. 
¿Nivel inicial? Nadie conoce a los Antiguos del Sur como yo. Los algoritmos calculan ese nivel por mi edad. Sé que apenas tengo 33 años y que, si este mundo logra sobrevivir, me espera una década de aprendizajes.  Pero a quién le preocupan los algoritmos ahora.
                                                                 ***
Macha, querido, si ahora tengo que nombrarte así, así lo haré. Tengo algo importante que decirte. La Agencia de las Ruinas se ha contactado conmigo, en realidad, con todas las comunidades de la casa. Nos han propuesto abandonar el museo y el parque para convertirlos en reserva, ellos se harían cargo de todo. Con esto del Big Bang hay un interés enorme por los Antiguos, es lógico ¿no? Tantas especulaciones, para encontrar finalmente a esos seres primitivos detrás del punto alfa. Qué raro resultó todo. Pero supongo que no hay de qué preocuparse ¿o sí?
Hay algo más: a nosotros nos ofrecen quedarnos como colaboradores de la Agencia. Ellos están al tanto de tus conocimientos, han leído tus notas, han visitado tus teorías. Quieren que te quedes y me suman a mí para acompañarte. Te pagarán mucho más de lo que has recibido hasta ahora por tus notas para la red. A los demás los trasladarán a las islas. El Delta se ha puesto precioso con sus aguas danzantes y sus mercados acuáticos.
¿Viste las pantallas? Están llamando a todos los expertos en historia y religiones primitivas. Yo sabía que te iban a contactar. La Agencia necesita colaboradores como vos. Los seres humanos hemos dejado atrás religiones y profetas, fronteras y gobernantes, sabemos controlarnos y manejar comportamientos negativos. La humanidad disfruta una era de armonía, pero han aparecido estos seres horribles y necesitamos que nos orienten. Nunca entendí tu afición por los Antiguos, ahora la agradezco tanto.
Macha, no hay mucho que decidir, lo que nos proponen es la mejor opción. Vas a seguir haciendo lo que más te gusta. Tu conocimiento es ahora tan necesario. Las respuestas están aquí, en tu cabeza. Serás alguien muy famoso, estoy segura. Estoy tan orgullosa de ser tu madre.
                                                                   ***
Sara otra vez. No entiende nada, no se da cuenta de nada. La Agencia de las Ruinas jamás demostró interés por el sector Sur. Si la agencia existe es por el puñado de curiosos que deambulamos por las pocas reservas que, desganadamente, custodian. Los que las visitamos somos viejos conocidos, solemos encontrarnos en nuestras recorridas. Cuando programamos nuestros hologramas para vivenciar un viaje, sabemos que alguno estará dando vueltas por los mismos lugares. Cruzamos notas, descubrimientos.
Las reservas paleolíticas que la Agencia custodia son muy pocas: Altamira, Stonehenge, Cueva de las Manos. Los pocos que nos aventuramos a visitar esos parajes conocemos muchas más. Hemos mapeado miles de sitios que la Agencia nunca reconoció. John, el colega australiano que más sabe sobre cuevas y campamentos de homínidos, los busca desde muy joven. Hemos localizado cientos de ellos gracias a su tozudez. Las imágenes que devuelve el telescopio no provienen de ninguna de las reservas oficiales y en el escaneo comparativo no encuentro esa llanura, esas elevaciones iluminadas por un atardecer ancestral. Con John estamos intentando dar con las coordenadas. Pero quién puede asegurar que se crucen en este mundo, en esta línea de tiempo.
El viejo John está por cumplir 170 años, su vida se está apagando. Soy su único discípulo, todos huyen de su pesimismo. La Agencia para el Autocontrol tiene catalogado el interés por lo antiguo como “comportamiento inusual”. Nos ha invitado de todas las maneras posibles a elegir otras colaboraciones al Plan Civilizador. En el último tiempo, la Agencia resolvió enviarme a las fronteras de la ciudad “para que realice una experiencia primitiva con los aún no se han sumado al Plan, así desiste usted de estos estudios inconducentes". El australiano hace tiempo que vive en los basurales de Melbourne por indicación de los colaboradores del Autocontrol. Nunca le conté a Sara estas cosas, ni ella me las pregunta. Supongo que no lo necesita, las grito en mis pesadillas.
Las agencias de noticias necesitan una explicación razonable, pero todavía no la encuentran. La vulgaridad de la escena de la creación las atormenta. Por eso la Agencia de las Ruinas nos busca. Sara me lo comunica como un gran acontecimiento, pero algo no está bien. Esperemos que lleguen y vemos, es la respuesta que se me ocurre para ganar tiempo. Esperemos que lleguen, me responde, pero empieza a ir y venir por la casa para calmar una ansiedad que conozco de memoria.
Vida ha venido para hablar del Big Bang y se encontró con la novedad de mi cambio de nombre. Ella también vive en el museo, lo recorre conmigo desde nuestros primeros juegos. Es la única que se interesa por mis historias, al menos eso aparenta. Nuestras charlas siempre terminan con una intensa actividad sexual. Muy pronto se olvidará de mí, no soy lo que se dice un joven atractivo. “Macha, Macha, Macha”, susurra Vida en mi oído. Macha, dice Vida, y suena tan bien. Le cuento a Vida lo que nos proponen. Me quedo con ustedes, me dice. Jamás ha desconfiado del mundo. El mundo, hasta ahora, no le dio razones.
Sara celebra que Vida esté de su lado, supongo que le gustaría que su hijo fuera igual de predecible. Vida la sigue en sus idas y vueltas por la casa, quiere saber detalles. Aprovecho la conversación de las mujeres para volver al holograma. John me está enviando sus hipótesis. El cree, como yo, que el mundo se crea a sí mismo en momentos que parecen triviales pero que obedecen a un patrón desconocido. John corrige sus ideas, les agrega detalles, me las vuelve a mandar. Me pide que me concentre en la rueda de homínidos, allí está el secreto. Miro otra vez la escena del Big Bang. Son ocho criaturas alrededor de las llamas. Cuatro buscan distraídamente piojos en alguna cabeza cercana. Cuando los encuentran, los aplastan entre los dedos. Estos insectos fueron exterminados hace cientos de años, por eso la escena resulta tan repugnante. Las otros cuatro miran atentamente el fuego. Es evidente que no hace mucho que lo dominan. Hay un espécimen que además mueve sus labios. Por la contextura, juraría que es un cariotipo xx. Aumento píxeles, subo decibeles, me acerco. Sus labios se mueven. La lengua se detiene en el paladar, se suelta, aparece bajo los dientes. Brota un sonido. Vuelve al paladar, vuelve a bajar. Otro sonido. Una hembra pequeña deja de mirar el fuego y gira su cabeza en dirección al primer verbo de la historia de la humanidad. La chispa se desprende en ese momento y se cruza en el camino de la Palabra.
Cierro todas las pantallas. Trato de comprender lo que acabo de presenciar. Miro la casa, los sables en las paredes, los cuadros ajados, las pruebas toscas y descoloridas de lo que alguna vez fuimos. Regreso a la pantalla central, busco a John. El origen del mundo es decir el mundo. Su voz es casi inaudible, su vida se está apagando irremediablemente. Vendrán a buscarte, querrán saber cómo hacerlo, es lo único que les falta para convertirse en dioses. Pero te vas a adelantar.
El australiano me pide que encienda un fuego en las terminales de energía de mi holograma. Un segundo después, la señal se interrumpe. No pierdo el tiempo en comprobar lo evidente. Quedo a cargo de la ceremonia. Si los colaboradores de la agencia llegan antes, el mundo será creado a imagen y semejanza del Plan Civilizador. Todo volverá a construirse. El mundo y sus reglas. La lengua con la que hablaremos. La forma en que amaremos. Pero el viaje llevará la marca de la edad Avanzada. Desde el primero hasta el último de sus cromosomas. Tengo que decir el mundo antes que ellos. La vida, estoy seguro, no es esta asfixia.
Enciendo las llamas de las terminales, pero para que el fuego chispee, necesito alimentarlo a la manera de los Antiguos. Busco con la vista, pero en este mundo incombustible no encuentro una maldita cosa que se prenda fuego. Voy por la hojarasca del parque. Sara y Vida dejan su charla para acompañar mi desesperación. 
                                                             ***
 Macha, si Vida dejara de aturdirme con su voz chillona, podría pensar en lo que te está pasando. La Agencia vendrá en unos minutos, tomará posesión del parque, las comunidades irán dejando el museo y las otras edificaciones sin reproches ni dificultades. Todas están resueltas. Las reglas de la armonía funcionan tan bien en las comunidades de nuestra casa. Vida me pide que hable con la agencia, quiere quedarse con nosotros. Sé que apenas tiene 20 años, pero será una gran compañía para nosotros.
Para ordenar mi cabeza, para entenderte hijo, necesito que Vida deje de hablar. Sé que no me estás diciendo todo, querido. Cuántas veces me pregunté si no padecías algún tipo de locura. He tratado por años de aliviar tus asfixias nocturnas. Me ocupé cada noche de refutar tus delirios. Pero hoy he despertado en el mundo de tus noches ciegas de terror.
Vida, Vida querida. Ahora lo importante es estar calladas. Macha nos está pidiendo algo que se pueda quemar, vamos a buscar hojas del parque. El fuego es lo que importa. Pero se está apagando y Macha no sabe cómo seguir. Vamos Vida, vamos por la bandera de la vitrina. Macha necesita la bandera de sus obsesiones, los guerreros que allí dormitan, las voces que nadie escucha. Macha necesita las historias perdidas.
Rompo la vitrina, mis manos se tiñen de la sangre que jamás he visto. Corro hacia él mientras busco las palabras que nunca me enseñaron, no sé cómo se dice que nadie nos ha cuidado, que el mundo es un lugar inhóspito y cruel.
Le entrego la bandera. Cuando la deposita sobre las llamas, el fuego toma fuerza y Macha se tranquiliza. El espectáculo nos hipnotiza a los tres. Somos una extraña rueda de homínidos, reunida por primera vez.
                                                           ***
Los veo llegar. Los colaboradores, que reconozco por sus uniformes blancos, se dirigen decididamente hacia aquí. El fuego amenaza con apagarse, las hojas del parque que me acerca Sara están demasiado húmedas. Recuerdo entonces la llovizna de esta mañana. Soplo como soplaban los antiguos, como soplan los desesperados. Sara corre hacia la sala y regresa con la bandera de Macha. He deseado tocarla toda mi vida, y ahora está en mis manos, resquebrajándose, convirtiéndose en polvo. Alimento el fuego con los girones de tela reseca y las llamas resurgen con fuerza entre sus pliegues.
Dos hombres y una mujer llaman a través de los cristales, pero el fuego nos hipnotiza y la casa y sus ruidos se desvanecen. Sara, Vida y yo estamos fundando una tribu nueva y efímera. Ya he ingerido la dieta que ayuda a morir sin desórdenes molestos. En unos minutos, comenzarán los efectos.
Los colaboradores traspasan la entrada sin dificultad, han accedido a nuestras claves. La mujer se adelanta sonriente, mientras un ejército de uniformes blancos se distribuye por el parque. Se dirige decididamente a Sara.

Me queda solo este instante. Sara camina en dirección a la mujer. Cuando creo que va a entregar nuestras vidas, la distrae con saludos y cortesías. Los hombres se adelantan y la empujan con violencia. Me ordenan detenerme. Entonces, el fuego comienza a crepitar. Las chispas vuelan y Vida ríe. Susurro la Palabra. Vida la escucha. Una chispa se cruza. Si mis cálculos no fallan, he lanzado mi serpentina hacia su viaje helicoidal. Abro mis ojos a un cielo de fuego. Agradezco todo lo descubierto, todo lo creado. Alcanzo a quemarme en este infierno recién inventado antes del derrumbe de mis párpados. Mis ojos funden a negro la interfase con este mundo mientras creo escuchar los gritos de Sara; levanto mi mano para acariciarle el cabello, pero la oscuridad me vence, nos vence. 

domingo, 23 de abril de 2017

Fixture


          Se llevan como perro y gato. El pibe que tira los cables me lo dijo ni bien entré al estudio. Pero yo ya lo sabía. Miraba siempre el programa y era evidente que la periodista jovencita odiaba al periodista viejo y canoso que comentaba las noticias que ella presentaba.
          Muchos políticos están más confundidos que Warren Beatty el día de los Oscar, dijo ese día Cecilia, la periodista. Se la notaba satisfecha con la comparación. Me parece que la confundida sos vos, le respondió el periodista que se parecía a Mario Wainfeld, aspirando su pipa. Nadie está confundido, siguió, son personas que responden a intereses y actúan en consecuencia. Cecilia sonrió todo su odio y Luciano, el conductor de Vamos que venimos, acostumbrado a esas peleas sordas entre los dos integrantes del panel, pasó al corte.
          Ahí me pudieron presentar. Yo estaba terminando la carrera de periodismo y era el primer día de mi pasantía. Ayudar en la producción del único programa en vivo del canal de cable de la ciudad era la oportunidad que había estado esperando. El canal era chico, tenía solo dos cámaras y nadie era periodista de verdad. Todos parecían jugar a hacer un programa, pero la gente los seguía y al otro día en el supermercado no se hablaba de otra cosa. Algo iba a aprender de todo eso.

          ¿Qué es la adicción?, preguntó Luciano, el conductor, en mi segundo día de trabajo. Cecilia se indignó por el consumo de cocaína entre chicos de 12 años y Gómez, el que imitaba a Mario Wainfeld, le preguntó si alguna vez había visto un papel o una línea. Cecilia giró para mirarlo de frente, seguramente para insultarlo.  Su pelo largo y castaño ocupó todo el monitor. El conductor aprovechó ese plano corto. Pasemos a un corte, dijeron sus dientes blancos y perfectos.
        Cuando volvimos al aire, en la pantalla apareció mi primer graph: "Ciudad signada por catástrofes climáticas o desidia gubernamental?". Gómez hizo una pausa estudiada y abrió el debate: una respuesta apresurada sería: las dos cosas. Claro, lo interrumpió Cecilia, los vecinos están hartos y reclaman limpieza definitiva. Wainfeld estrelló su pipa contra el suelo. Así no sigo, dijo. Si Pérez Carlés sale de noche con esta minita, yo no tengo por qué soportarla a la  mañana. Se levantó de su silla alta con torpeza, se sacó nerviosamente los cables del micrófono y se fue.
           El pelo de Cecilia no se movió. Los dientes de Luciano tampoco. Los  ojos redondos y maquillados de los dos se multiplicaron en los tres monitores. Todos esos ojos preguntaban qué hacer. A ninguno le llegó la respuesta.
            Pérez Carlés había estado semanas atrás en la Universidad recibiendo su título de profesor emérito. Fue ahí que prometió sumar a los mejores alumnos como pasantes en el diario y en el canal, además de 25 becas de estudio. Fui el primero en anotarme para las pasantías. Mamá siguió mi trámite con ese orgullo de las peluqueras. Le contaba los avances a sus clientas, que exageraban su alegría debajo de los secadores de pelo. Yo estaba terminando la tecnicatura en periodismo deportivo y quería trabajar. En realidad, quería demostrarle a mi familia que se podía trabajar de lo que a uno le apasiona, que en mi caso son jugadores, campeonatos y pelotas de futbol. Cuando entré al canal, hubo fiesta en casa. Vinieron las clientas de mamá, ruidosas como ella. El dueño del canal donde va a trabajar Mario es Pérez Carlés, yo atiendo a la señora, comentaba mamá esa noche mientras servía los sánguches de miga y yo me hundía en el fondo del sofá.
         Esa mañana, cuando Gómez se fue del estudio, nadie supo muy bien qué hacer. Yo seguí mirando fijamente la escaleta. Las pantallas fundieron a negro y apareció la señal de ajuste. De a uno, y sin decir nada, salimos del estudio. Al otro día me dijeron que el programa se levantaba. Me dieron un certificado con el logo del canal. Se lo llevé a mamá, que estaba en la peluquería. Lo guardó en el cajón de los ruleros. Después hablamos en casa, se despidió.
          Unas semanas después volví a lo mío: mirar las tablas de posiciones de todas las categorías del fútbol profesional y del amateur. Me entretuve con los cálculos que los futboleros admiraban. Roberto, mi vecino, se los mostraba a los clientes de su taller mecánico. Siempre acertaba el campeón seis o siete fechas antes de que los campeonatos terminaran.
          Mamá no volvió a hablar de la pasantía ni de Pérez Carlés. A Cecilia no la vi más. A Wainfeld tampoco. Nadie volvió a hablar de ellos en el supermercado. Mamá insistió otra vez con que me inscriba en la Tecnológica, recordándome que a los mejores alumnos los contrataba Techint. Me comentó que lo había escuchado en la tele. 
          A veces, haciendo zapping, paso por el canal local. Una locutora de acento neutro anuncia que "a las embarazadas la recomendación es que consideren no viajar a las zonas en donde haya circulación del virus del zika por el riesgo de malformaciones fetales.” Pérez Carlés tendría que desayunar con Cecilia. Yo tendría que estrellar mi pipa, si tuviera una, contra la vidriera de la peluquería. Pero eso no va a ocurrir. Ya sé cómo termina este campeonato. Tengo los papeles para anotarme en la Tecnológica. Roberto me avisó que necesita un ayudante en el taller. 



sábado, 8 de abril de 2017

Viena - Praga - Budapest

       


             Los domingos me sentaba en la mesa de la cocina a leer los diarios en papel. Era el único día que los compraba. La Nación, Clarín y El Día. La mesa se llenaba de hojas gigantes, y yo me manchaba las manos y los codos con tinta negra. Eran las únicas mañanas en casa. Cada diario me contaba sus pestes. La Argentina era un rompecabezas que me gustaba armar. El diario de la ciudad que había dejado atrás me traía los muertos conocidos y algunas señales de afuera. En uno de los suplementos venía una publicidad de una agencia de viajes que anunciaba: Viena - Praga - Budapest. Cómo me gustaba leer esa parte. Imaginaba ese viaje, me imaginaba pasajera. 

          Con el correr del tiempo, lo primero que buscaba era ese anuncio. Quería confirmar que estuviera allí, que me esperara. Con los años, tuve a mano mapas y un globo terráqueo abollado que me acompañaba desde la casa de la calle 21 en La Plata. La mudanza a Hudson, no sé por qué, le había perdonado la vida. En las casas a las que nos vamos mudando siempre queda una fuente, un pocillo de café, una cuchara de nuestros ocho años. El globo terráqueo seguía allí, indiferente y dispuesto. Por alguna razón, ese viaje se convirtió en una obsesión. Cuando lo comenté en casa, nadie mostró interés. Podía ir sola, los chicos ya estaban grandes, y a Quique lo aburrían las ciudades. Después de los 40, el mundo es una vereda ¿Por qué no?

          Ni Inglaterra, ni España, ni Francia. El Este. En los viejos cuentos de la tía Elda, aparecía la Riva del Garda en el norte italiano que antes era Austria, recuerdo algún cuento con soldados de la segunda guerra mundial. En los cuentos de mamá, una aldea polaca en territorio ucraniano ocupado. En esa aldea, bajo una mesa de madera, cerca de un horno a leña y a cubierto de la nieve, ella había cortado con unas tijeras de podar las trenzas de su vecinita. Ese cuento tuvo muchas versiones, las tijeras de podar y las trenzas rubias por el suelo estaban en todas. Viena-Praga-Budapest era parte de esos escenarios. Viena era las películas de Sissi y unos coches negros viajando a Salzburgo para perseguir a la novicia Julie Andrews. Ella cantaba en los valles que desembocan en la riviera norte del lago de Garda, la Riva del Garda que se disputaron Italia y Austria. Praga era una puerta al este profundo. Unas nieves y unos bosques, y se llega a la frontera ucraniana. Lviv, Lutzk, Ternopil, aquellas ciudades que conocí de boca de mi madre y de la baba quedaban tan cerca. Haciendo cálculos, se tarda menos que un viaje a a Mar del Plata. 
          
             Papá nunca nombraba Italia. Él nació acá, supongo que era por eso. La abuela Fanny era la que cantaba canciones tirolesas, pero se fue muy joven. La tía Elda, que era más grande que papá y recordaba más detalles, guardaba algunas fotos con los Alpes como fondo, pero ya estaba grande y apenas hablaba de esas cosas. Mamá hacía tiempo que había olvidado su casa bajo la nieve, y con la muerte de la baba ya no habló más en ucraniano. Las palabras se fueron de su boca. Las ciudades imperiales me ofrecían esos rastros familiares a un buen precio. Febrero sería un buen mes. En temporada baja, los pasajes y hoteles cuestan la mitad. 

           Cuando se acercaba el momento de imaginar los pasajes entregados por un muchacho sonriente en una agencia de calle Corrientes, el mate se volcaba sobre el blanco y negro de los diarios. Se despertaba el primer hijo y comenzaban a sonar los ruidos de la cocina. Los perros buscaban su comida o el pescador nos anunciaba una oferta de merluza por los altoparlantes de una camioneta. Todo volvía a ser la calle 137, los eucaliptus a través de la ventana. Había que podarlos, algún día se iban a caer arriba de nuestras cabezas. Había que cortar el pasto, ya estaba demasiado largo. Había que llamar al atmosférico, el olor del baño ya era insoportable. 

          Cuando llegaban esas señales, me despedía del anuncio y de los mapas hasta el domingo siguiente. Viena-Praga-Budapest era lo último que leía antes de juntar los diarios, limpiar la mesa, pelar las papas. 










miércoles, 5 de abril de 2017

Adorable




Con las chicas lo teníamos todo planeado. Nos íbamos a ir. Algún día, no muy lejano, nos íbamos a ir más allá de Merlo, más allá de Buenos Aires. Más allá de Uruguay. Lo hablábamos en los recreos, en las tardes que pasábamos en la pieza de alguna de nosotras, en voz muy baja. 
Por eso me cayó bien la invitación de la tía. Era una manera de empezar. Aquel domingo mamá nos despertó cargada de ansiedades. Nos íbamos a pasar el día al campo de la tía Elisa, pasando Pontevedra. La tía Elisa era la hermana mayor de mamá. Era como una madre de todos sus hermanos, pero mamá era su preferida porque era la menor y porque no había podido salir adelante. Cuando éramos chicos íbamos mucho a su casa, jugábamos con nuestros primos y andábamos con ellos a caballo. Hacía tiempo que le debíamos una visita. Mamá logró que fuéramos todos, y eso le alegró la semana. Iban mis hermanas Sandra y Araceli, que todavía estaban en casa, y Marcela, que había puesto una peluquería en el centro de Merlo y le gustaba mostrar su progreso y su divorcio. Marcela iba a ir con los mellizos. Leo y Mara tenían cinco años en esa época y me seguían a todas partes. Nada me unía a mis primos y mis hermanas me agobiaban, pero salir de Pontevedra era una manera de empezar.
Mis dos hermanos mayores también iban a ir al campo de la tía. Ellos vivían en Floresta y nunca venían a Pontevedra, supongo que les recordaba la peor época de la familia, cuando papá se fue y se quemó el techo de la cocina y mamá trabajaba por hora en Ramos Mejía. Recuerdo sus gritos cuando volvía a la noche, ellos tirados en la cama, mi comida sin hacer, la casa dada vuelta.

Aquel domingo cargamos comida y gaseosas, y llamamos a un remís donde apenas entrábamos. Los bolsos los pusimos en el baúl para tranquilizar a un chofer que insistía en descartar paquetes o pasajeros. Leo y Mara se peleaban sobre las rodillas de mis hermanas en el asiento de atrás. Me recosté sobre mamá, en el asiento de adelante. Para llegar a lo de tía tuvimos que cruzar el puente que separa nuestra ciudad de Veinte de Junio, un pueblo de quintas y campos chicos. Yo apenas lo recordaba. El arroyo, me di cuenta aquel día, era como un tajo. De un lado, nuestras casas bajas, nuestros colectivos y fastidios. El obrador de la autopista sin terminar, los asfaltos rotos. Del otro lado, un mundo verde pero también abandonado, de plazoletas y hamacas despintadas. "Cruzamos a La Matanza", dijo mamá. 


Cuando llegamos, Elisa se adelantó y abrazó a mamá con su cuerpo grueso y su delantal de harina. Nos quedamos mirándolas. Después la tía nos enharinó a todas. Elisa nos iba nombrando a cada una y se reía del paso del tiempo en nuestros cuerpos. Adriana siempre tan seria, dijo mientras me abrazaba. Pasen, por favor, pasen y pónganse cómodas. Entramos al comedor, donde nos esperaban su familia y algunas personas que no conocíamos. El tío Eduardo, mis tres primos, Javier, que los ayudaba en la quinta, y un vecino al que le decían Pity o algo así. Detrás de todos ellos apareció Alejandro, un amigo de mi primo más chico.
Alejandro nos saludó sin levantar la vista del piso. Tenía un buzo gris y una capucha que le tapaba la cabeza. La tía se la sacó riéndose y ahí nos miró. Llevaba una melena larga, renegrida, sobre una piel blanca y tirante, sobre unos ojos inmensos. Me senté a la mesa sabiendo que la tarde cobraba otro sentido. El se sentó en la otra punta y se puso a hablar con mis primos.
Después de un asado que duró una eternidad, llegaron mis hermanos con sus mujeres y sus hijos. Otra vez los vozarrones y los chistes del reencuentro. Cuando la digestión nos llamó a silencio, los varones se fueron a jugar al fútbol. Con esa excusa, todos buscaron algo que hacer. El tío se fue a dormir la siesta, las mujeres prepararon el mate y se sentaron al sol; yo aproveché para ir con los mellizos a ver el partido que se había armado lejos de la casa.
En un descanso, Alejandro se acercó corriendo para pedirme agua. Se recostó al lado nuestro, entrecerró los ojos y me preguntó donde vivíamos. Mandé a Mara a buscar el agua y respondí cada una de sus preguntas envuelta en escalofríos. El tajo de agua que nos separaba de Pontevedra se convirtió en un latido líquido entre mis piernas. Recuerdo las gotas de transpiración corriendo por su frente para caer por su oreja, su voz agitada, su cara al sol, el brazo cruzado cubriéndole los párpados. Un dragón que tenía tatuado sobre el pecho respiraba con él. Mientras prendía un cigarrillo, me contó que trabajaba en el Mc Donalds de Corrientes y Nueve de Julio. Supe que cada tarde, a las cuatro, recorría la diagonal Sur hasta llegar al bajo y que ahí se tomaba el colectivo para volver a su casa en Padua. La tarde se escurría con una velocidad alarmante. Hay días tan breves.
Cuando llegó la hora de la despedida, lo ayudé a levantarse para unirnos al resto. Recuerdo un desorden de primos y tíos y mujeres buscando sus cosas. Los mellizos lloraban su cansancio, mamá y la tía Elisa lloraban un adiós interminable. Pude distinguir el beso de Alejandro. Quise dejarle algún mensaje que pudiera entender, pero el dios de los adolescentes es cruel. Mi timidez dejó pocas pistas. El me sonrió levemente. Guardé esa imagen como se guarda un anillo.
El lunes, cuando desperté a mi rutina, tomé la decisión. Tenía que volverlo a ver, volver a sentir, terminar de sentir. Hablar con mis primos estaba descartado. La tía Elisa lo sabría enseguida y hablaría con mamá. Con mis hermanas no podía contar y las chicas no podían ayudarme. Además, no sabía cómo decirles que ya no quería escaparme a ningún lado. Mi lugar era aquella intimidad. Con el paso de los días, me di cuenta que solo contaba con una esquina y un horario. 
            

Una semana después, decidí ir a buscarlo. Empecé el mismo lunes. Desde ese día, salía de la secundaria en Pontevedra, me despedía de las chicas con cualquier excusa y me tomaba el 96 hasta Constitución. Estábamos terminando el bachillerato, las profesoras apenas se ocupaban de nosotras. Yo soñaba con entrar a la universidad y ser escritora, pero no lo decía demasiado. Mamá esperaba que su hija menor la salvara, y yo quería escapar también de eso. Para pedirle plata y sacarle el permiso, le hablé de unas becas del ministerio de Educación. No preguntó mucho, casi que era un alivio que yo volviera a casa al mismo tiempo que ella.

Lo esperé cada tarde. Muchas tardes. En diagonal Sur, de cara al Obelisco. Un jueves que llovía desde temprano, lo vi. Me invadió un terror primerizo. Alejandro no llevaba paraguas y yo me escondí en el mío. Tuvo que esquivarme para seguir caminando. Su paso dejó un rastro en el aire que me regresó a aquel domingo. Volví al otro día. Y al otro. Un día me atreví a saludarlo. Me miró con desconcierto pero al reconocerme me saludó como se saluda a un viejo conocido. Nos volvimos juntos a Merlo en una combi que salía del bajo. Durante el viaje le hablé de las becas del ministerio, una excusa que había perfeccionado con el paso de los días. No tuvimos mucho más de qué hablar. Su voz se iba apagando. Cuando llegamos a Padua tuve que despertarlo.
Al llegar a casa, decidí no ir más. Decidí no llevarme ninguna materia y recibirme lo antes posible. Decidí no anotarme en ninguna facultad ni en los cursos de la escuela de oficios ni en ningún lado. Decidí irme.
Cuando terminó el verano, la vida se hizo larga y tediosa. Un día de Semana Santa vino la tía Elisa a casa. Mamá, bajando la voz, le comentaba mi vida aletargada. La tía me llamó con su voz de matrona y me contó que sus hijos y Alejandro se habían ido de mochileros a Europa. Lo contaba con una risa nerviosa, ella apenas conocía Mar del Plata. Cuando se fue, busqué en la carpeta de quinto año los mapas con las capitales que nombraba.
Los años que siguieron no tienen importancia. Estoy en Budapest, en un bar que la guerra dejó en pie. Los bares aquí son tristes, pero escribo mejor en las ciudades y los bares que se parecen a mí. Todavía brillan las copas de absenta. Quizás aún la sirvan. He escrito a lo largo de todas las ciudades que atravesé buscándolos. En los años que tardé en llegar a este bar y esta mesa, los crucé tres veces. Construí casualidades en Barcelona, París y Praga para quedarme con ellos fumando o tomando cerveza. Cuando nos encontrábamos, Alejandro apoyaba su brazo en mis hombros o me pasaba su cigarrillo. Cuando tenía esos gestos, alcanzaba a ver el dragón bajo su camisa. Las tres veces nos despedimos sin arreglar nuevos encuentros, ellos no los necesitaban, yo no me animaba a pedirlos.
Un hombre que estuvo leyendo toda la mañana y que he encontrado estos días siempre en la misma mesa junto a la ventana se levanta y se acerca. Comenzamos una conversación trivial, le hablo en un castellano que a esta altura es una mezcla de todas las lenguas por las que viajé. Se ríe por eso. Escribe algo en el diario que lleva bajo el brazo y me lo acerca. “Tú es adorable”, leo.
Retengo con la cámara del celular esas palabras.  El hombre me hace señas para que me quede con el diario. Acepto, pero también me despido. Busco el cuaderno. Detrás de la ventana, el Danubio se abre como un tajo. Lo cruzaré esta tarde. 






domingo, 9 de octubre de 2016

(In)significantes


Cuando cocino, o sea muy pocas veces, y rallo una zanahoria o pico una cebolla o corto cubitos de papa, siempre hay una hebra que resbala hacia la mesada o el piso, un cubo de papa que salta por los aires para caer detrás, justo detrás y bien detrás, de la cocina. Cuando cocino, justo cuando cocino, justo cuando el deleite no es pantalla ni teléfono ni viaje, una cinta de zanahoria cae donde no debe y un cuadradito de ají hace trampolín desde la fuente.
Entonces comienza el juego: voy al rescate de las ovejas perdidas. Las busco hasta encontrarlas, las pongo bajo la canilla, regreso cada ingrediente a la manada.
Y cuando el plato llega a la mesa, cuando un hijo suelta un "qué rico" me pregunto. Siempre me pregunto. Esa cinta de zanahoria, ese cubo de papa que lavé y repuse, ese retazo de ají que salvé de la basura... ¿no habrán hecho la diferencia? ¿Están, en ese exacto mediodía, dentro del elogio?



Esa insignificancia de la gota me conmueve.
Y cuando regresa al mar me redefine.
Lo perdido rescatado, lo insignificante significado, sumado al sabor del mediodía.



Somos esa cinta a punto de perderse en el rincón de la pelusa. Pero un dios o una diosa, una causa, siempre una causa, nos busca y nos encuentra, nos rescata y nos bautiza para que digamos lo nuestro, hagamos lo nuestro, en la bandeja de vida que se sirve cada día en esta Tierra.